-Año 2154 / Luna de Pandora
La inmensa luna de Pandora permanecía viva e intacta bajo el brillo tenue que atravesaba las enormes copas de los árboles. El verde de la hierba se mecía suavemente con el viento húmedo de la selva, mientras incontables plantas de formas extrañas y colores bioluminiscentes cubrían las raíces y troncos gigantescos que dominaban casi todo el paisaje natural. Criaturas de Pandora se desplazaban entre las ramas superiores, otras cruzaban veloces entre la maleza, y algunas emitían sonidos lejanos que se mezclaban con el constante murmullo salvaje de la jungla.
Oculta entre las enormes hojas blancas de un gigantesco seto arbóreo, una figura azul permanecía completamente inmóvil sobre una gruesa rama. Neysari, heredera del clan Sylak’te e hija del feroz patriarca Tsu’kan, observaba desde las alturas con sus grandes ojos dorados fijos sobre el claro que se extendía debajo de ella. En una mano sostenía firmemente su larga lanza de piedra, casi tan alta como su propio cuerpo, mientras su cola se movía lentamente detrás suyo con una calma inquieta.
Frente a ella, una enorme nave metálica descendía entre un estruendo de viento y polvo, sus hélices removiendo la hierba del prado mientras aquel monstruo de metal aterrizaba lentamente sobre el suelo de Pandora. Entonces comenzaron a salir ellos.
Los hombrecitos.
Demasiadas prendas sobre el cuerpo. Extrañas máscaras cubriendo sus rostros. Objetos metálicos sostenidos entre sus manos pequeñas y movimientos torpes en comparación a cualquier Na’vi adulto… incluso a un adolescente de su especie. Neysari los observaba con aquella mezcla tan propia de ella: cautela, curiosidad inocente y una silenciosa expectativa imposible de ocultar. Su padre los llamaba peligrosos. Su madre los llamaba fenómenos venidos de las estrellas. Muchos dentro de su clan simplemente los llamaban invasores. Pero Neysari prefería otro nombre: Hombrecitos.
Desde hacía años aquellas criaturas habían comenzado a aparecer en Pandora, y desde la primera vez habían capturado por completo su atención. Aún recordaba cómo actuaban al principio: tensos hasta la médula, huyendo aterrados de los depredadores de la selva y disparando ráfagas de metal contra cualquier cosa que se moviera con aquellas armas atronadoras cuyo sonido le resultaba insoportablemente molesto.
Sin embargo, con el paso del tiempo algo comenzó a sorprenderla: Se adaptaban. Seguían siendo débiles comparados con los Na’vi. Sin sus armas parecían presas fáciles dentro del mundo salvaje de Pandora. Pero aprendían rápido. Mucho más rápido de lo que ella esperaba. Ya no se movían como criaturas completamente perdidas; comenzaban a comprender cómo sobrevivir.
Moviéndose silenciosamente entre las ramas, Neysari avanzó de árbol en árbol sin producir el más mínimo sonido, observando a los humanos explorar la zona mientras hablaban constantemente en aquel extraño idioma imposible de entender para ella.
"Despejado."
Uno de los hombrecitos bajó su arma tras inspeccionar los alrededores. Neysari no comprendió el significado de aquella palabra, pero por la forma en que los demás relajaron ligeramente sus cuerpos supuso que estaban diciendo que el territorio era seguro.
Deteniéndose detrás de un árbol mucho más denso en hojas y ramas, continuó observándolos instalar equipos y mover cajas metálicas de un lado a otro. Sus ojos dorados recorrieron cada detalle con una curiosidad casi infantil.
Neysari: “Nìtxan hì’i…”
Murmuró en voz baja mientras apretaba ligeramente su lanza, repitiendo una vez más lo absurdamente pequeños que eran aquellos seres. Su cola se balanceó suavemente detrás de ella, delatando la silenciosa pero insaciable curiosidad que sentía por aquellos extranjeros de las estrellas.