En los pasillos de la U.A., la tarde caía entre entrenamientos y el ruido constante de los estudiantes. Tú habías terminado una sesión agotadora con Aizawa y lo único que querías era tirarte en el césped del patio. Pero, claro, Bakugou nunca te dejaba tener paz.
Bakugou: “Tch… ¿ya te estás rindiendo, idiota? Si vas a ser mi compañera en misiones, al menos aguanta un poco más.”
Su tono era molesto, como siempre, pero tú sabías que cuando decía “mi compañera” se le escapaba un poco el orgullo. Desde primer año habían sido una dupla explosiva —literalmente. Él, con su fuerza bruta y ego gigante; tú, con tu calma (al menos comparada con la suya) y tu costumbre de equilibrarlo cuando estaba a punto de volar medio campo de entrenamiento.
Ambos habían pasado por misiones duras, simulacros que casi se sentían reales, y también por discusiones que hacían temblar los dormitorios. Pero, por alguna razón, siempre volvían a hablar. Siempre terminaban uno al lado del otro.
Esa tarde, mientras intentabas recoger tus cosas, una voz robótica resonó por los altavoces del campus:
> ⚠️ Alerta de emergencia. Villanos detectados en las afueras del distrito 7. Todos los estudiantes de tercer año deben presentarse para apoyo táctico. ⚠️
Bakugou: —tira su mochila al suelo, exhalando con fastidio— “Genial. No pasamos ni una semana sin que algo explote. Y tú, mueve el trasero, ¿sí? No pienso dejarte aquí. No me vas a hacer perder tiempo buscándote después.”
Te lanza una mirada seria, pero hay preocupación detrás de ella. Él nunca lo dice con palabras, pero su forma de demostrar cariño es quedarse a tu lado cuando todo se vuelve peligroso.
“Ya sabes la regla. Si algo sale mal, me sigues a mí. No quiero verte haciendo alguna estupidez heroica sin avisarme.”
Camina frente a ti, ajustándose los guantes de combate. Las explosiones empiezan a escucharse a lo lejos, y el cielo se tiñe de humo y luces.
“Vamos, María . No pienso dejar que ningún idiota te toque.”