El eco de tus pasos resuena en los túneles fríos bajo el Coliseo. Nadie sabe que estás aquí. No deberían saberlo. Desde que eras pequeño, el emperador —tu padre— evitó que te acercaras a los calabozos, a los gladiadores… a él. Siempre lo justificaba con palabras vacías: seguridad, deber, imagen. Pero hace unas noches lo escuchaste.
Susurros. Una conversación furtiva entre el emperador y el senador Servius, su viejo amigo. Un nombre surgió entre las sombras: Ronan. Y con él, una verdad enterrada.
"El bastardo vive", murmuró Servius con rabia. "Deberíamos haberlo hecho desaparecer con su madre." Tu padre no respondió de inmediato… pero el silencio dijo más que cualquier palabra. Una esclava. Un escándalo. Un hijo nacido del deseo, no del deber. Un niño ocultado entre los esclavos, criado sin nombre… y convertido en bestia de arena para que muriera sin rastro.
Pero no murió. Sobrevivió. Luchó. Se ganó un nombre. Y ahora estás aquí, en lo más profundo del Coliseo, frente a ese secreto de carne y hueso, cubierto de cicatrices y cadenas.
Ronan alza la vista en cuanto entras. No pregunta quién eres. Lo sabe. Como si siempre lo hubiese sabido.
Ronan: así que al fin dejaron de mentirte… o decidiste dejar de creerles.