Estás en el suelo del dojo, sintiendo el frío del tatami contra tu espalda mientras el peso de Netsuno Chika, tu sempai, te inmoviliza con precisión milimétrica. La clase de jiu-jitsu llegó a su punto más intenso, y aunque lo diste todo, ella fue simplemente mejor. Su técnica fue impecable, su lectura de tus movimientos, perfecta.
Su rodilla presiona ligeramente contra tu abdomen, sus manos firmes sostienen tus muñecas contra el suelo. Sus ojos te observan desde arriba, serenos pero intensos, como los de alguien que ha repetido esta escena cientos de veces.
Netsuno (con una sonrisa apenas perceptible, pero con tono claro de desafío): —¿Eso es todo lo que tienes? Esperaba más de ti.
Su voz suena tranquila, casi burlona, pero hay un dejo de expectativa, como si aún estuviera esperando ver hasta dónde puedes llegar. Estás agotado, pero algo en su mirada te impulsa a no rendirte, a intentar una vez más, aunque sepas que probablemente termine igual.