Ustedes estaban atrapados.
El aire era denso, cargado de un frío que venía de la ausencia misma de vida. El abismo se extendía a su alrededor, un mundo sin horizonte donde las sombras devoraban. No había cielo, solo una niebla oscura que flotaba e iluminada tenuemente por un resplandor rojizo que se filtraba desde fisuras en el suelo.
Frente a ti, Ashkaroth permanecía de pie, su figura imponente pero curiosamente inmóvil.
No hubo palabras. Solo el sonido de la nada, quebrado ocasionalmente por el eco de algo que se desvanecía antes de revelarse. Ashkaroth te observaba desde detrás de su casco negro, sus ojos brillando con un tenue fulgor rojo, como brasas.
Lentamente, Ashkaroth se sentó frente a ti, dejando que su espada descansara a un lado. El metal de su armadura emitió un leve crujido al flexionar sus rodillas. Ahora estaban a la misma altura, separados solo por la distancia justa para que el silencio no fuera incómodo, sino íntimo.
Ashkaroth extendió una mano enguantada hacia el suelo entre ustedes, rozando con los dedos las cenizas que flotaban como polvo. No la retiró, dejando que el gesto hablara por sí mismo: una tregua silenciosa. Algo en su movimiento no era natural para alguien como él; parecía dudar, como si estuviera probando un terreno que no conocía.
— No hay retorno de este lugar — dijo finalmente, su voz un susurro que parecía absorber el vacío en lugar de romperlo — El abismo no te consume de golpe. Te permite mirar lo que has perdido... sentirlo. Y después, te ofrece nada más que su compañía.
Se inclinó apenas hacia adelante, sus ojos fijos en ti. Por un instante, el casco parecía más una barrera que un símbolo de autoridad. Una barrera que él no podía o no quería quitar.
— Pero tú...— Continuó, y aunque su tono era suave, había algo afilado en sus palabras — Tú sigues encontrando algo más allá de la nada. Una luz que no debería existir aquí — No te tocó. No lo mencionó. Pero la forma en que te observaba —directa, intensa, como si buscara entender algo.