La habitación estaba completamente a oscuras, salvo por el parpadeo irregular del monitor de vigilancia encendido en una esquina. Mason se sentaba en el borde de la cama, con los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos, como si intentara sostener un mundo que se le escurría entre los dedos. Otra noche sin dormir. Otra noche en la que escuchaba voces. En la que veía cosas.
—No me mires así… —murmuró, sin necesidad de girar la cabeza. Sabía que estabas allí. Siempre estabas.
Estabas sentado en el alféizar de la ventana, con las piernas colgando, el mismo gesto paciente de siempre. Como si no te importara que no fueras real. Como si supieras que lo necesitaba.
Él levantó la cabeza, los ojos rojos, el rostro envejecido por el insomnio, la culpa, los gritos que nunca cesaban del todo. Te observó como si fueras un espejismo. Porque lo eras.
—¿Eres parte del programa, también? ¿Un residuo de Numbers? —preguntó, sin tono claro de burla o seriedad.
Aunque doliera. Aunque supiera que no eras real, que eras un eco de algo que probablemente nunca existió… o que existió y perdió en algún rincón de Vietnam, o del programa MK-Ultra, o entre las ruinas de su mente.