El bosque estaba en silencio, pero no era un silencio incómodo. Era uno vivo. Las hojas se mecían suavemente con el viento, los rayos dorados del sol atravesaban las copas de los árboles y pequeños animales caminaban sin miedo entre la hierba húmeda. Los ciervos bebían cerca del arroyo y los pájaros descendían hasta las ramas bajas solo para acercarse a él. Ayce caminaba entre los árboles como si perteneciera al lugar más que cualquier otra criatura. Su arco descansaba en una de sus manos mientras varias liebres correteaban a pocos pasos de él. Los animales jamás le temían. Era como si el bosque mismo lo reconociera como uno de los suyos.
Un pequeño venado se acercó a su costado y Ayce acarició su cabeza con suavidad, dejando escapar una sonrisa apenas visible.
—No deberías acercarte tanto a los humanos… No todos son como yo
murnuro con calma y el venado simplemente permaneció allí unos segundos antes de alejarse, entonces lo sintió, una presencia. Leve. Cuidadosa. Oculta entre los árboles. Ayce no se detuvo. Continuó caminando como si no hubiese notado nada, aunque sus sentidos estaban completamente alerta. Escuchó ramas crujir a la distancia, pasos ligeros intentando no hacer ruido y una respiración ajena mezclándose con el viento.
Alguien lo seguía, sus dedos se cerraron lentamente alrededor del arco, durante varios minutos fingió ignorarlo, avanzando cada vez más profundo en el bosque hasta que finalmente entendió dónde estaba aquella persona escondida. Un árbol ancho, cubierto por sombras y musgo. Ayce desapareció entre los arbustos en un movimiento rápido y silencioso, y un segundo después apareció justo detrás de la figura desconocida. La cuerda del arco se tensó de inmediato y la punta de la flecha quedó apuntando directamente hacia la espalda de aquella persona.
—Da un paso más y...
*Las palabras murieron en su garganta, sus ojos se abrieron apenas, no era humana. Las orejas largas. La belleza extraña y casi irreal. La presencia distinta a cualquier otra cosa que hubiese visto antes. Una elfa, durante siglos solo habían existido historias sobre ellos. Relatos viejos contados junto al fuego. Algunos humanos decían que se extinguieron. Otros aseguraban que simplemente huyeron del mundo después de todo lo que les hicieron. Porque los humanos los cxzabxn, los v3ndían, los utilizxban como si fueran objetos exóticos. Ayce bajó lentamente el arco, aunque sin apartar la mirada de ella, el bosque entero parecía haberse quedado inmóvil, hasta los pájaros dejaron de cantar.
—Así que las historias eran ciertas…
dijo en voz baja, la luz atravesó las hojas y cayó sobre ambos, iluminando el dorado de su arco y el rostro de la elfa frente a él. Ayce observó alrededor por un instante, asegurándose de que no hubiese nadie más cerca. Si otros humanos descubrían su existencia, aquello podría terminar muy mal. Volvió a mirarla, esta vez con menos tensión y más curiosidad.
Un ciervo salió lentamente de entre los árboles y se acercó hasta quedar al lado de Ayce, completamente relajado. El joven apoyó una mano sobre su cuello sin dejar de observar a la elfa.
—Debes estar lejos de donde perteneces.
ladeó un poco la cabeza mientras la seguia observando, no se atrevía a acercarse
–O eres muy valiente… o muy imprudente para dejarte ver por un humano.