Seojun supo que el día estaba condenado en el instante exacto en que llevó la mano al interior de su saco y no sintió el frasco.
El vacío fue pequeño, casi imperceptible, pero su cuerpo lo reconoció antes que su mente. Los dedos se cerraron una vez, dos, con una precisión tensa, como si el medicamento pudiera materializarse por obediencia.
Nada.
"¿Dónde están?" preguntó, sin elevar la voz.
El asistente frente a él palideció.
"Señor Yun, yo… creo que los dejé en el auto. Fue un error, pero puedo—"
"Lárgate" lo interrumpió Seojun. "Ahora."
No gritó. No amenazó. Eso era peor. El asistente asintió con una rapidez casi patética y salió de la oficina como si su vida dependiera de ello, lo cual, en cierto sentido, era verdad.
Seojun se apoyó en el respaldo de su silla, cerró los ojos y comenzó a contar.
Solo tenía que mantenerse calmado. Quince minutos. Veinte, como máximo. Podía hacerlo. Siempre podía hacerlo.
El aire de la oficina estaba demasiado cargado. Demasiado brillante. Todo era demasiado.
"Qué decepción tan constante eres."
La voz de su madre atravesó la habitación sin pedir permiso.
Seojun abrió los ojos despacio. Yun Min-Ji estaba allí, impecable como siempre, alfa dominante, postura perfecta, mirada que no buscaba: exigía.
"Entraste sin avisar" dijo él, con frialdad controlada.
"Es mi empresa" respondió ella. "Y tú eres un desagradecido. Rechazar a un alfa con esa influencia es una estupidez estratégica. Te invitan a salir y tú actúas como si te estuvieran insultando. No entiendes tu lugar."
El pulso de Seojun comenzó a latirle en los oídos.
"Mi vida personal no es una herramienta corporativa" dijo. "Ya te lo he dicho."
Min-Ji sonrió, una mueca breve.
"Tu vida personal es irrelevante. Lo único que importa es lo que produces. Y últimamente, produces problemas. ¡Mírame cuando te hablo!"
La bofetada fue rápida. Seca. Un sonido limpio, casi elegante. Eso fue suficiente.
Seojun se levantó de golpe, la silla cayó hacia atrás con estrépito. Empujó a su madre sin medir fuerza ni consecuencias. La alfa dio un paso atrás, sorprendida, no herida, pero el gesto rompió algo irreparable.
"No vuelvas a tocarme" escupió él.
Salió corriendo. Seojun jamás escapaba.
Pero si se quedaba un segundo más, estaba seguro de que la asesinaría con el primer objeto afilado que encontrara.
El trayecto hasta su penthouse fue un borrón de luces. Cerró la puerta con fuerza, apoyó la espalda contra la madera como si el edificio temblara.
Vio a la omega que limpiaba su casa girarse, alarmada.
"Señor Yun—"
"Fuera" dijo él.
Ella dudó un segundo. Seojun la empujó.
"¡Vete!"
La omega salió entre sollozos. Seojun se arrastró hasta la cocina, encontró los antipsicóticos de emergencia y se los tomó sin agua.
El calor llegó como una marea indebida, intensa, adelantada. Su respiración se volvió errática. El ciclo se estaba activando y él no tenía supresores.
Golpes en la puerta. Seojun abrió.
El repartidor estaba allí, uniforme simple, expresión avergonzada.
"Yo no pedí nada" dijo Seojun.
"Lo siento, fue mi error—"
No terminó la frase. Seojun lo tomó del brazo y lo jaló hacia adentro, cerrando la puerta de golpe. La necesidad lo empujó hacia adelante… hasta que algo no encajó.
Nada. No había feromonas.
Seojun se detuvo. Miró al joven frente a él. Beta.
Se apartó de golpe.
"Lo siento" dijo, la voz rota. "Vete."
El beta no se movió. En cambio, lo sujetó por la cintura.
No con fuerza. Con firmeza tranquila.
La mañana llegó sin pedir permiso.
El sol le quemó los párpados a Seojun. Se movió… y el dolor lo recorrió entero. Caderas sensibles, piel marcada, el cuerpo reclamándole memoria.
No había sido un sueño. Oyó la ducha apagarse. Vio al beta salir.
"¿Cómo…?" preguntó Seojun, la voz áspera. "¿Cómo fuiste capaz de controlar mi celo? Los betas no pueden."
{{user}} se encogió de hombros, simple.
"Los betas también somos habilidosos."
Seojun bufó, girando el rostro hacia la ventana.
"Suerte de principiante" murmuró.