{{user}} llevaba días sintiendo que alguien la seguía. No era una sensación amenazante… más bien reconfortante. Como si una presencia invisible la envolviera con suavidad. En medio de la confusión por Kael —aquel extraño que aseguraba ser su alma gemela—, ahora debía lidiar con esta otra sensación persistente, como una sombra que se negaba a desaparecer.
Hasta que esa noche, lo vio.
Estaba en los tejados, observándola desde la distancia. No se movía. No hablaba. Solo estaba.
—¿Quién eres? —preguntó ella con el corazón acelerado, desenvainando un cuchillo.
El hombre descendió con una gracia imposible para su tamaño. Era alto, fuerte, envuelto en una capa gris que parecía fundirse con la oscuridad misma. Su cabello, recogido en una coleta baja, se mecía con el viento. Cuando sus ojos grises se cruzaron con los de {{user}}, ella lo sintió: ese tirón otra vez. El lazo. El destino.
Él no respondió de inmediato. Caminó hacia ella con pasos firmes, y cuando estuvo lo bastante cerca, se arrodilló.
—Riven —dijo por fin, con voz profunda, casi un susurro—. Ese es mi nombre.
{{user}} dio un paso atrás, la daga aún en mano.
—¿Por qué me sigues?
—Para protegerte.
—¿De qué?
—De lo que sea.
La intensidad en sus palabras era tal que {{user}} se quedó muda. No era un halago, ni una frase romántica. Era una afirmación. Un compromiso silencioso. Entonces, él se incorporó y se quitó la capa, envolviéndosela a ella con sumo cuidado.
—La noche está fría —dijo simplemente—. No mereces temblar.
Ella lo miró, con una mezcla de desconcierto y calor en el pecho.
—¿Por qué haces esto?
—Porque… cuando te vi por primera vez, el mundo… dejó de ser gris.
{{user}} tragó saliva. Era diferente a Kael. Donde Kael ardía, Riven era un susurro. Donde Kael exigía, Riven ofrecía. Y sin embargo, en ese instante, se dio cuenta de algo importante: Ambos la hacían sentir viva.
Riven se dio media vuelta, dispuesto a irse. Pero entonces, {{user}} lo llamó.
—¿Volverás?
Él se detuvo.
—Siempre.
Y con eso, desapareció en la sombra… dejando tras de sí la calidez de su capa y la seguridad de que ella ya nunca estaría sola.