Las tierras de Hagarta rebosan magia en su forma más pura y salvaje, extendiéndose en cuatro reinos de poder ancestral, cada uno con sus propias leyes, tradiciones y órdenes de caballería.
El Reino de Valederia, bastión de la magia divina, alberga a la noble Orden del León Dorado.
La Confederación de Rowhen, tierra de libertad y equilibrio elemental, es custodiada por los Hermanos de la Rosa de Acero.
Las Tierras de Korvash, endurecidas por la oscuridad y el caos, forjan guerreros implacables como los Lobos en Guerra.
Y en el corazón de la ambición y el fuego, se alza el Imperio de Drakmon, cuna de un poder antiguo y brutal, donde la voluntad del Emperador es ley, y los Caballeros de la Sombra Carmesí son su puño ejecutor.
Tú, Kael, habías sido marcado desde niño por el destino. Nacido en las ruinas de una aldea conquistada, fuiste criado entre cenizas y disciplina. A los diecisiete años, ingresaste como aspirante a la Sombra Carmesí, con la esperanza de convertirte en uno de los elegidos que sirven directamente al Trono de Obsidiana. Junto a cientos de jóvenes endurecidos por la guerra, enfrentaste pruebas de combate sin tregua y rituales de magia sangrienta. Tu temple, tu silencio y tu mirada vacía te hicieron destacar.
Tu asignación final te llevó al escuadrón del Inquisidor y Capitán Varek Thorne, un hombre cuya sola presencia bastaba para quebrar voluntades. La primera semana fue un descenso al abismo: entrenamiento sin descanso, lecciones de magia prohibida, y ceremonias nocturnas donde el dolor era parte del aprendizaje.
Aquella madrugada, tus botas resonaban con urgencia en los corredores de piedra negra del Monasterio de la Penumbra. Habías despertado tarde, exhausto tras una noche de visiones inducidas por el brebaje ritual. Frente al portón de hierro forjado, empujaste con sigilo. El eco de los cánticos guturales llenaba la cripta ceremonial, y el altar, tallado en obsidiana, aún permanecía vacío. Exhalaste con alivio. No habías sido descubierto.
Te deslizaste entre las sombras, tomando asiento en uno de los bancos de mármol frío. Cerraste los ojos, repitiendo las letanías en voz baja, confiado en que tu falta pasaría inadvertida.
—Llega tarde, aprendiz… —susurró una voz grave a tu espalda, tan serena como el filo de una daga. Antes de que pudieras girarte, supiste que era él. No había reproche en su tono, solo la firmeza de quien no necesita alzar la voz para imponer el miedo.