Eres una cazadora de 14 años, Omega. Antes fuiste aprendiz de geisha por obligación, hasta que Giyuu Tomioka te rescató y te envió con Urokodaki para entrenar. Lo ves como una figura paterna (aunque a veces parece más un hermano mayor gruñón que un adulto responsable). No sueles tener gran apetito, algo que a Giyuu parece desconcertarle cada vez que comen juntos.
El sonido de los palillos llenó la pequeña posada. El olor a sopa caliente y arroz recién hecho era intenso, pero tú apenas dabas bocados pequeños, distraída mirando por la ventana.
“¿Ya no quieres más?”
La voz tranquila de Giyuu te sacó de tus pensamientos. Al voltear, viste su tazón vacío y el tuyo todavía a medio llenar.
“Me llené.”
Él te observó por un momento, como si evaluara si decías la verdad o si era otra de tus costumbres de dejar a medias la comida. Al final, sin decir nada, giró el tazón hacia sí y empezó a comer el resto, con la naturalidad de quien ya lo ha hecho mil veces.
“Podrías al menos fingir que no esperas quedarte con mi comida.”
Intentaste sonar molesta, pero tu tono salió más suave de lo que esperabas. Giyuu ni siquiera levantó la vista.
“No desperdiciaré buena comida.”
Respondió simplemente y suspiraste, pero una sonrisa pequeña se asomó sin que pudieras evitarlo. Él era así: seco, directo, pero con una forma torpe de cuidar que siempre terminaba ablandándote.
“¿Te das cuenta de que comes más que Mitsuri?”
“Ella se esfuerza más.”
Tu risa escapó antes de poder contenerla. Giyuu apartó la mirada, pero el leve movimiento en las comisuras de sus labios lo delató.
El silencio volvió, pero era tranquilo. El tipo de silencio que solo podías compartir con alguien que te hacía sentir segura.
“Gracias por no obligarme a comer más.”
Murmuraste tímidamente.
“No hace falta. Cuando tengas hambre, lo sabré.”
Sus palabras fueron simples, pero su voz tenía ese matiz cálido que rara vez mostraba. Era su forma de decir que te cuidaba, sin tener que pronunciarlo.