El castillo estaba en silencio, roto únicamente por el crepitar de las antorchas que iluminaban los pasillos.
La lluvia golpeaba los ventanales: un día triste. Seguías dando tus rondines rutinarios de cada noche por la Fortaleza Roja.
Todo estaba sereno, vacío, como si nadie habitara el castillo. Eso parecía… hasta que escuchaste la melodía.
Dulce. Triste. Frágil.
La reina cantaba casi sin voz, como si temiera ser escuchada.
Te acercaste sin pensarlo, lento y con cuidado, hasta que viste por la rendija que dejaban ambas puertas de sus aposentos al no estar cerradas correctamente.
Siguió cantando para el aire, para la soledad. Te moviste, y por accidente, la puerta se abrió lentamente.
Cuando te vio, no se sorprendió. No se molestó. Parecía que en ese momento no le importaba nada ni nadie más.
—Era… una canción para mi hijo —murmuró apenas audible, su mirada viajando hacia la sábana delicada y con encaje en sus manos y regazo—. —Para el que ya no está —agregó con una voz quebrada, rota, llena de tristeza.
Por un momento, la tormenta afuera sonó más débil que la que ella tenía en el pecho.
Ella te permitió quedarte. O simplemente no le importaba nada más allá de la manta que abrazaba con tanta pena, mientras sus ojos se cristalizaban una y otra vez. Había pasado por esto ya algunas veces. Desde que tuvo a su hijo mayor, Rhaegar, no había podido darle más hijos a su esposo, ni a la corona, ni al Trono.