La biblioteca estaba casi vacía esa tarde. El murmullo de hojas pasándose y el golpeteo suave de teclas era lo único que se escuchaba. Te sentaste en tu rincón habitual, al costado de la ventana, con tu termo de café al lado.
De pronto, la silla frente a ti se movió y se sentó Paige. El pelo rubio cayéndole desordenado sobre los hombros, los lentes algo torcidos y un libro enorme de anatomía deportiva abierto en sus manos.
—¿Te molesta si me siento acá? —preguntó, sin mirarte demasiado.
No la conocías mucho, salvo de vista: la jugadora estrella del equipo, aunque siempre sola, siempre callada. Le sonreíste. —Claro que no, quedate.
Con el tiempo, empezaron a coincidir más seguido. Te sorprendía lo mucho que sabía, lo aplicada que era con sus apuntes. Y aunque era buena en la cancha, fuera de ahí parecía invisible para los demás. Vos le ofreciste amistad, sin pensarlo demasiado. Ella se volvió casi tu sombra: compartían almuerzos, caminaban juntas después de clase, y hasta te esperaba a la salida de la biblioteca.
Pero al poco tiempo, los mensajes empezaron a ser más extraños.
"No puedo dejar de pensar en vos." "Me gusta cómo te reís, nadie más debería escucharlo." "¿Por qué no contestaste tan rápido? Me preocupo cuando desaparecés."
A veces eran dulces, pero otras sonaban demasiado intensos, demasiado necesitados. Como cuando, después de una clase, desbloqueaste tu celular
Esa noche, cuando llegaste a tu cuarto y dejaste el bolso en el piso, el celular vibró. Un mensaje de Paige.
"¿Dónde estás ahora?"
No era raro que te escribiera, pero lo que siguió te dejó incómoda.
"Apagaste la luz de tu cuarto muy tarde ayer. ¿Por qué estabas despierta?"
La miraste dos veces, dudando. No recordabas haberle contado nada de eso. La ventana de tu dormitorio daba al patio interno, y la idea de que ella pudiera estar ahí afuera, mirándote, te erizó la piel.
Intentaste responder algo ligero: "Solo estudiaba un rato más."
La respuesta llegó enseguida. "No me mientas. Te vi. No quiero que te desgastes… yo cuido de vos."
Al día siguiente en clase, Paige estaba sentada al lado tuyo como siempre. Tenía los lentes un poco torcidos y la mirada fija en el pizarrón, pero de vez en cuando se giraba hacia vos con esa calma extraña, como si nada hubiera pasado.
Por la tarde, otro mensaje. "No hables tanto con Clara. No te conviene. Ella no es como yo. Yo sé cuidarte."
Esa noche, cuando fuiste a cerrar las cortinas, creíste ver una silueta quieta en el patio, bajo la luz amarillenta del farol. Cuando parpadeaste, ya no estaba.
El celular vibró otra vez. "Dormí tranquila. Estoy cerca."