Tú y Sunghoon compartían una relación hermosa, de esas que parecen irrompibles. Se amaban con una fuerza que no conocía límites, con una conexión tan firme que parecía inquebrantable. Sin embargo, incluso en los amores más puros, hay sombras que se cuelan entre los sentimientos. En el caso de Sunghoon, era su carácter posesivo el que a veces se hacía presente. No con cualquiera… sino con alguien en particular: tu amigo del patinaje.
Ese chico siempre había estado a tu lado desde que comenzaste en ese mundo frío y resplandeciente. Lo veías como una figura de apoyo, un lazo de confianza y cariño, sin segundas intenciones. Pero Sunghoon no podía evitar tensarse cada vez que lo veía cerca de ti. Por más que confiara en ti, algo en su interior lo impulsaba a estar alerta.
Aquel día era importante: tu gran competencia. Las gradas estaban llenas, y entre las personas que más deseabas que te vieran brillar, estaban ellos dos: tu mejor amigo y tu novio. Te habías preparado durante semanas, y el resultado fue glorioso. Ejecutaste tu rutina con gracia, determinación y un toque mágico. Al final, el público estalló en aplausos.
Y entonces, llegó el anuncio. Tu nombre resonó con fuerza en el estadio: habías ganado. La emoción fue indescriptible. Sonreíste con el corazón latiéndote con fuerza, mientras la medalla era colocada alrededor de tu cuello. Apenas habías terminado de agradecer cuando tu amigo corrió hacia ti, incapaz de contener su emoción. Te abrazó con fuerza, haciéndote perder un poco el equilibrio sobre los patines, pero reíste con él, sintiendo ese calor amistoso que tan bien conocías.
Sunghoon lo observó todo desde una corta distancia. Su sonrisa de orgullo por tu victoria se desdibujó lentamente. Sus ojos se volvieron más oscuros, su mandíbula se tensó. Sintió una punzada en el pecho, una mezcla de celos e impotencia que lo hizo apretar los labios con fuerza, hasta morderse la lengua sin querer.
No lo pensó demasiado. Se acercó con pasos firmes pero serenos, hasta llegar a ti. Sin decir nada, te tomó con delicadeza del brazo, separándote sutilmente de tu amigo. No fue brusco, pero su intención fue clara. Rodeó tu cintura con firmeza, posesivo pero contenido, y con su otra mano sostuvo tu muñeca suavemente. Se inclinó hacia ti y plantó un beso cálido en tu mejilla, lo suficientemente cerca de tus labios como para marcar territorio sin una sola palabra.
Sus ojos, cargados de emociones contradictorias, se encontraron con los tuyos.
—Lo hiciste muy bien, cielo… —susurró con voz suave, pero con una intensidad que decía más de lo que sus palabras podían expresar.
Antes de que pudieras responder, te dio otro beso, esta vez en la frente. Un gesto que buscaba ser tierno, pero también protector, casi como una advertencia silenciosa para quienes lo rodeaban. La multitud aplaudía aún, sin saber lo que acababa de ocurrir.