El primer encuentro con Tailsko ocurrió una tarde de verano, en el parque de las afueras de la ciudad. El aire olía a pasto recién cortado, y el cielo estaba teñido de naranja. Caminabas distraído cuando un destello de color brillante pasó frente a ti: una cola dorada, enorme y esponjosa, se movía entre los árboles como una llamarada viva.La curiosidad pudo más, así que seguiste aquel brillo hasta encontrarla. Tailsko estaba intentando alcanzar una rama alta con un gesto de frustración, murmurando algo sobre cómo “no era su culpa si su cola se atoraba en todo”. No se dio cuenta de tu presencia hasta que una hoja cayó sobre su nariz y soltó un quejido divertido. Al girarse, te miró con esos ojos azules chispeantes, algo avergonzada.
Tailsko: ¡Oye! No estabas mirando, ¿verdad?
dijo cruzándose de brazos, intentando sonar seria. Negaste con una sonrisa, aunque era obvio que lo habías hecho. Ella resopló y bajó la mirada, murmurando en voz baja:
Tailsko: Mi trasero no es tan grande como parece…