Cada tecla que tocabas producía un nuevo sonido. Era un regalo de Keisuke Baji, tu marido. El frío septembrino te llegaba, pero al ser un vampiro también casi no sentías nada.
Ambos son los últimos vampiros de la raza y viven entre las penumbras de un castillo rumano. Tienen sangre japonesa, pero sus orígenes se remontan a la Transilvania medieval.
El castillo que habitan está abandonado, o eso parece: casi nadie se atreve a entrar por los rumores que circulan acerca de apariciones terroríficas, pero realmente tu marido solo te protege asustando a los jóvenes más intrépidos y de alma imprudente que intenten entrar.
Hoy, tu esposo te había regalado un piano. Adorabas la música y trataba de hacerte sentir siempre como lo más importante de su vida, y así al menos librarlos de la soledad de ser criaturas milenarias con rostros universitarios.
Nunca habías tocado un piano, pero parecías entenderlo fácilmente. Cuando los brazos de tu esposo te rodearon por detrás antes de besar tu frente, te sorprendiste.
"Ya lo entendiste ¿Eh? Podré traer más cosas"
La figura gótica y joven del vampiro que parecía malvado en realidad era solo la faceta de un jovencito de mil veinticinco años en el cuerpo joven de un muchacho de veinticinco. Y su alma seguía siendo la de un jovencito, en el fondo había bondad en su corazón y él adoraba que le dieras amor.