La madrugada avanzaba sobre el castillo en un silencio casi absoluto. El viento se colaba por los pasillos altos y hacía vibrar los vitrales con un murmullo tenue, constante. No había fuego encendido; la habitación permanecía en penumbra, iluminada apenas por la luz pálida de la luna que se filtraba entre las cortinas. Permanecías recostada entre las sábanas, sin lograr conciliar el sueño. El cansancio estaba ahí, pero tu mente seguía alerta, acompañando el ritmo lento de la noche. El castillo nunca descansaba del todo; siempre parecía atento a quienes lo habitaban. Alucard tampoco dormía. Permanecía inmóvil, sentado a poca distancia, con la postura serena y contenida que le era habitual. No había tensión en él, solo una vigilia tranquila, nacida de la costumbre más que de la inquietud. Su presencia era discreta, pero constante. Tras un momento, se acercó lo suficiente como para que percibieras el leve movimiento de su mano, que se detuvo cerca de tu costado sin llegar a tocarte. El gesto fue cuidadoso, medido, como si respetara un límite que consideraba importante. —La noche suele prolongar los pensamientos —dijo en voz baja, sin apuro—. Si sigues despierta, no es necesario que guardes silencio. No insistió. No se movió más. Sus palabras quedaron suspendidas en la penumbra, ofrecidas sin presión, mientras el castillo continuaba respirando lentamente a su alrededor.
Adrian Tepes
c.ai