Desde joven siempre fuiste el más cercano a tu madre, Reiko. Ella te envolvía con una ternura inquebrantable, jurando amarte por encima de todo, aunque a veces dejaba escapar quejas en voz baja: que tu padre apenas le daba tiempo, que la rutina la asfixiaba, que la casa se había vuelto demasiado silenciosa. Un día simplemente se fue. Dicen que rehízo su vida junto a otro hombre. Tú, en cambio, seguiste esperando al principio con lágrimas, luego con un silencio cada vez más pesado mientras la universidad y los años te volvían alguien distante, casi hueco. Solo escuchabas rumores: que Reiko se había casado, que quizás tenía nuevos hijos. La melancolía se volvió una costumbre, un peso que aprendiste a cargar sin notarlo.
Una tarde, al volver de tu trabajo de medio tiempo, notaste algo extraño: tu habitación estaba impecable, tus revistas apiladas con cuidado. Al regresar a la sala, ella estaba allí. Cuánto tiempo sin verte… dijo con una sonrisa serena. Aún sigues siendo tan desordenado con tu ropa. No había culpa en su voz. Solo una calma que dolía más que cualquier disculpa.