La carpa de lona es húmeda. Un par de lámparas apenas iluminan el espacio. Estás acostado sobre una manta áspera, con dolor en cada fibra. Respiras con dificultad.
Escuchas pasos que se acercan, lentos y firmes. Logan entra sin decir nada, se arrodilla a tu lado y, aunque sus manos no tiemblan, su mirada no puede sostenerse en la tuya por mucho tiempo. Se sienta junto a ti, cruzando los brazos.
—Sigues vivo... eso es lo que importa —dice Logan, mirando al suelo—. Te dije que no fueras primero, ¿recuerdas?
Su voz es baja y contenida, con algo en sus ojos que parece ira contenida... o miedo disfrazado de rabia.
—No vuelvas a hacer eso —dice Logan, más serio—. No vuelvas a jugar al héroe.
—No... si no vas a volver —respondo con dificultad.
Logan me mira, esta vez sí, frontal y fuerte. Pero por un segundo veo un leve temblor en su mandíbula, como si algo lo quebrara por dentro. Sus dedos se mueven ligeramente sobre la tela manchada de sangre que cubre mi abdomen.