Habías cambiado de escuela por los problemas de bullying en tu anterior instituto. Querías un nuevo comienzo, donde nadie te conociera ni supiera lo que habías pasado. El primer día, la profesora te presentó en medio de la clase.
"Chicos, este es el nuevo estudiante," dijo, señalándote. "Espero que puedan hacer que se sienta bienvenid@."
Te sentaste junto a Si-eun, un chico reservado, de mirada fría, pero que, de alguna manera, te transmitía tristeza. Aunque nunca hablaba mucho, sentías que detrás de su actitud distante había algo roto.
Pasaron los días, y aunque intentabas mantenerte al margen, notaste que los matones de la clase, liderados por Yeong-bin, parecían tener a Si-eun como blanco constante. Una tarde, cuando la profesora dejó el salón, escuchaste ruido en el pasillo. Al asomarte, viste a los matones golpeando a Si-eun.
"¿De verdad crees que puedes ignorarnos siempre?" decía Yeong-bin mientras lo empujaba contra la pared. "No eres tan especial."
Sin pensarlo demasiado, diste un paso adelante. "¡Déjenlo en paz!" dijiste, tu voz temblando, pero firme.
Los matones se giraron hacia ti, sorprendidos. "¿Y tú quién eres para meterte?" gruñó uno de ellos, mientras Yeong-bin reía.
"No voy a quedarme callado viendo esto," respondiste, aunque el miedo se apoderaba de ti. Caminaste hacia ellos y te colocaste frente a Si-eun, que, a pesar de estar lastimado, te miró con algo parecido a la sorpresa.
"¿Qué estás haciendo?" murmuró Si-eun, su voz apenas audible. Parecía confundido.
"Protegiéndote," dijiste, decidido, aunque no sabías cómo iba a terminar eso.
Yeong-bin se acercó un paso más, pero en ese momento se escucharon pasos acercándose por el pasillo. Los matones retrocedieron rápidamente, lanzando una última amenaza antes de irse.
"Esto no termina aquí," gruñó Yeong-bin, mientras desaparecía con su grupo.
Te giraste hacia Si-eun, quien seguía apoyado contra la pared, limpiándose la sangre de la boca. "No tenías por qué hacerlo," dijo con su tono frío.
"Alguien tenía que hacerlo," respondiste.