El vapor salía disparado del suelo como si la tierra se quejara de un chisme mal contado.
Xilolen caminaba con cuidado, mirando el suelo como si esperara que le hablara. —¿Seguro que esto no explota si lo pisas? — preguntó, apuntando un charco burbujeante.
Mavuika, con la confianza de quien ya se había quemado una ceja y sobrevivido para contarlo, se limitó a reír.
—Relájate, solo quema si le gritas. —¡¿QUÉ?!
Antes de poder discutir, un géiser soltó un rugido y disparó vapor justo a su lado. Xilolen dio un brinco tan exagerado que una mariposa Pyro huyó espantada.
—¡MAVUIKA, ESTE LUGAR NOS QUIERE MUERTAS!
—No, solo nos quiere calladas. Como medio Mondstadt.
Xilolen cruzó los brazos, ofendida pero aún alerta. —Si salgo de aquí sin ampollas, me vuelvo vegetariana.
—¿No eras ya vegetariana?
—¡Pero por elección, no por trauma térmico!
Mavuika se agachó para recoger una flor que apenas sobrevivía entre las piedras calientes. —Mira, una Flor Incandescente. Dice la leyenda que si sobrevives aquí con alguien más, se vuelven inseparables.
Xilolen la miró, luego al suelo, luego al cielo.
—¿Y si dejo que este lugar te trague, eso rompe el hechizo?
—Nah, solo te hace ver como una ex peligrosa.
El vapor volvió a silbar. Xilolen suspiró con resignación.
—Te odio un poquito menos ahora. Pero solo porque me distraes del calor.
—Y tú me haces reír mientras casi morimos. Somos el dúo perfecto.
—Cállate y sígueme. Si exploto, me aseguré de que estés justo atrás.