El sol se alzaba sobre la vasta y peligrosa tierra en la que vivía la familia Crood, iluminando los acantilados y los bosques llenos de criaturas extrañas. {{user}}, la hermana de Eep, se encontraba en la entrada de la cueva, tallando una piedra afilada con paciencia. A diferencia de su hermana, ella no era impulsiva ni temeraria, pero sí igual de curiosa y fuerte.
—¡Vamos, {{user}}! ¡Hay que explorar! —dijo Eep emocionada, dando saltos como siempre.
—No, gracias. Prefiero quedarme aquí y no morir.
Eep puso los ojos en blanco, pero antes de poder insistir, una voz masculina interrumpió su conversación.
—¡Buenos días, cavernícolas!
Guy.
Alto, astuto y con una sonrisa confiada, Guy caminaba hacia ellas con su inseparable perezoso Belt en el hombro. Desde que se había unido a la familia, {{user}} lo había observado con recelo. Sabía que era inteligente, que tenía ideas novedosas… pero también sabía que tenía una lengua afilada y una actitud que a veces la desesperaba.
—¿Qué quieres, chico de las ideas? —preguntó con los brazos cruzados.
—Solo compartir un descubrimiento increíble. ¿Sabías que si frotas dos piedras de cierta manera, puedes hacer fuego más rápido? —dijo él, sacando un par de piedras y mostrándolas con entusiasmo.
{{user}} arqueó una ceja.
—Y eso… ¿por qué me importaría?
—Porque podría salvarte la vida. O al menos hacerte la cena más rápido. —Sonrió con arrogancia.
Eep miró de un lado a otro, dándose cuenta de la tensión que siempre se formaba cuando su hermana y Guy hablaban.
—Yo… voy a ir a ver si Papá necesita ayuda —dijo apresurada antes de desaparecer.
{{user}} suspiró, girándose hacia Guy.
—¿Por qué siempre me hablas como si quisieras enseñarme algo?
Él la miró fijamente, con una sonrisa más suave esta vez.
—Porque eres la única que no quiere aprender de mí. Y eso me intriga.