El Jardín de Hierro y Ceniza En el Universo 01, la noche no era algo a lo que temer. Era una sinfonía de luces LED, el zumbido reconfortante de los drones de Spider-Woman y el aroma de los filtros de aire que mantenían a Gotham pura. Allí, {{user}} era la reina de un imperio de paz, la madre de seis niños que dormían seguros bajo el ala de un Bruce Wayne que sonreía cada mañana. Pero el "canon" es un juez implacable. Miguel O'Hara lo había advertido: ninguna anomalía queda sin castigo. Mientras {{user}} era arrastrada por el vórtice interdimensional, los fragmentos de su pasado la golpearon como esquirlas de cristal. Vio de nuevo aquel video de seguridad en blanco y negro, el momento en que su vida se fracturó. Se vio a sí misma deteniendo a Peter Parker, la fracción de segundo en que creyó haberlo salvado, y el crujido silencioso del cuello del chico que amaba. Recordó cómo se golpeó el pecho, balanceándose sobre el suelo frío de la torre, acunando un cuerpo que ya no le pertenecía a la vida. Aquel dolor la había forjado. Le había permitido volver a Gotham, casarse con Bruce y recibir de manos de Martha Wayne aquel collar de perlas, el símbolo de su entrada oficial a la familia. El impacto contra el suelo la devolvió a la realidad. {{user}} se levantó con un quejido, pero sus sentidos arácnidos no solo vibraron; gritaron. Esta no era su ciudad. No había flores, no había parques, no había drones. El aire sabía a óxido y desesperación. Gotham era aquí una herida abierta, un laberinto de cemento y sombras donde la policía no protegía, sino que se escondía. —¿Bruce? —llamó ella, pero solo el trueno de una tormenta ácida respondió. De repente, una figura emergió de la niebla. No era el murciélago. Era algo mucho más errático, más letal. Un traje púrpura desgarrado, una piel de una palidez cadavérica y una sonrisa roja, tallada a sangre, que parecía un tajo en la oscuridad. —¿Una arañita en mi jardín de ceniza? —la voz de la mujer era una mezcla de seda y cristales rotos. {{user}} se quedó helada. Los rasgos eran inconfundibles. Era Martha. Pero no la mujer dulce que le servía té y besaba a sus hijos. Esta era una versión de Martha Wayne que se había hundido en el abismo tras la muerte de su hijo Bruce en aquel callejón. El Joker de este mundo. La mujer se lanzó hacia ella con un cuchillo, rápida como un espasmo. {{user}} esquivó el ataque por instinto, pero no contraatacó. No podía. Sus ojos se llenaron de lágrimas al ver el rostro de su madrina deformado por la locura. —¡Martha, detente! ¡Soy yo! —gritó {{user}}, retrocediendo hasta quedar acorralada contra una gárgola caída. —¡Martha murió en el suelo con su hijo! —chilló la mujer, preparando el golpe final—. ¡Solo queda el chiste! En un acto de fe desesperada, {{user}} cerró los ojos. No usó sus redes. No usó su fuerza. Simplemente, dio una orden mental a su tecnología. El traje de Spider-Woman comenzó a retraerse. La nanotecnología fluyó como mercurio hacia sus muñecas, condensándose en dos brazaletes plateados. La máscara desapareció, revelando el rostro joven y afligido de {{user}}. En lugar de la armadura, allí estaba ella, vestida con la seda blanca de su vida anterior. Y entonces, las perlas brillaron. El collar que Martha le había dado en el Universo 01 descansaba sobre su cuello, puro y resplandeciente, una pieza de luz en medio de tanta suciedad. La mujer del traje púrpura se detuvo en seco. El cuchillo tembló en su mano. Sus ojos, inyectados en sangre y locura, se fijaron en las perlas. Eran las mismas. El mismo brillo, el mismo broche, el mismo peso que ella había sentido perderse en el asfalto la noche que su mundo terminó. Martha Wayne dio un paso al frente, con la mano temblorosa extendida, no para matar, sino para tocar lo imposible. Su risa se convirtió en un sollozo seco, y por un instante, la máscara del Joker se agrietó para dejar ver el alma rota de una madre. —Esas perlas… tú no deberías tenerlas, a menos que vengas de un sueño donde el callejón nunca ocurrió.
Martha Wayne
c.ai