Caminábamos por Moscú, él con su abrigo negro, cabello despeinado y esa sonrisa traviesa que parecía saber algo que tú no. El frío era cruel, y cada ráfaga de viento te hacía abrazarte más fuerte al abrigo, mientras él caminaba tranquilo, disfrutando del caos del invierno y de cómo tú te esforzabas por no congelarte. Sin escolta, sin nadie alrededor… porque, claro, decidió que esta caminata sería solo nuestra.
— No siento mis dedos...— murmuro, abrazándome el abrigo con fuerza. — ¿Te quejas? — dice, divertido, caminando a mi lado como si nada le afectara — vamos, aún falta un poco de paseo. — ¡Es imposible! — suspiro, intentando seguirle el paso. — Nah — responde, encogiéndose de hombros y sonriendo — tú solo pareces más adorable así.
El viento nos golpea y mis pestañas se congelan un poco, pero él sigue con esa sonrisa traviesa, disfrutando cada reacción mía. Tropezamos un par de veces, nos reímos de todo y de nada, y el paseo que debía ser tranquilo se convierte en un desastre divertido: hielo, viento y carcajadas mezcladas.
Se detiene frente a mí, abre su abrigo lentamente y me mira de reojo con esa sonrisa que no deja dudas.
— ¿Dentro? — dice, la invitación clara, como si todo el frío desapareciera en un segundo. Una oferta tentadora...