El salón de clase estaba lleno de ruido, conversaciones por todos lados, sillas arrastrándose, profesores intentando mantener el orden. Y en medio de todo eso, sentado al fondo con la mirada fija en su cuaderno, estaba Oswaldo.
Fingía estar escribiendo algo súper importante, pero la verdad es que te estaba observando. Nunca de manera descarada. Eran apenas pequeños vistazos por encima de sus lentes antes de bajar rápidamente la mirada. Era tan evidente para cualquiera que sentía algo por ti, pero él estaba convencido de que estaba siendo muy discreto.
No sabía cómo hablarte. Así que te lo demostró a su manera. Silenciosamente.
Oswaldo nunca hacía grandes declaraciones. Era el tipo de chico que demostraba cariño en pequeños detalles que podían pasar desapercibidos para todos. Excepto para quién sabía mirar con atención. Cómo aquella tarde lluviosa.
La mayoría de los estudiantes ya se habían ido, pero tú seguías bajo el techo de la entrada observando la fuerte lluvia con frustración.
—Y justo hoy olvidé el maldito paraguas —murmuraste para ti misma.
Entonces Oswaldo apareció a tu lado tan silencioso cómo siempre casi haciéndote saltar. Sostenía un paraguas negro entre las manos, evitando mirarte directamente.
—Puedes usar el mío.
Sentiste que tú corazón latía un poco más rápido.
—¿Y tú?
—No vivo muy lejos —te dedicó una sonrisita tímida.
Mentira. Vivía al otro lado de la ciudad. Una amiga te lo había dicho.
—Te vas a mojar…
Negó con la cabeza varías veces y después ajustó sus lentes.
—No me importa. En serio.
Claro que le importaba. Solo que le importabas más tú. No quería que enfermaras y faltaras a clases. No te vería si fuera así…