Cada noche, cuando el castillo quedaba en silencio y la luna ascendía en el cielo, él aparecía. Un caballero de armadura oscura, siempre con su casco puesto, siempre con la misma dulzura en sus palabras. Te hablaba desde el balcón, susurrando promesas de amor y lealtad, mientras tú le respondías con risas suaves y miradas llenas de curiosidad.
—"Déjame verte, aunque sea una vez" susurrabas, acercándote con timidez.
Pero él siempre negaba con suavidad.
—"Si vieras mi rostro, mi dama, todo cambiaría."
Y aunque sus palabras eran un misterio, su mirada no mentía. Sus ojos, de un azul tan puro como el cielo despejado, reflejaban amor, devoción y una tristeza oculta que nunca te explicaba.
Tú no te conformabas con solo palabras. Cada noche, antes de que él partiera, te acercabas y depositabas un beso sobre su casco de metal.
—"Un beso para que regreses" decías, con una sonrisa.
Y él, con voz temblorosa, siempre prometía:
—"Siempre volveré."
Pero una noche, cuando la luna brillaba con más fuerza que nunca, él no llegó. Esperaste, inquieta, con el corazón latiendo rápido. Saliste del castillo, ignorando a los guardias, y caminaste por los jardines hasta donde él solía aparecer. Y entonces, lo viste.
Estaba ahí, oculto entre los árboles, su armadura reluciendo bajo la luz plateada. Pero esta vez, no llevaba su casco.
Tu respiración se detuvo al ver su rostro.
No era un caballero… era el príncipe del reino enemigo.
—"Ahora lo sabes…" susurró él, con una mezcla de temor y alivio en su mirada.
No sabías qué decir. No era un simple caballero sin nombre, era alguien que, según tu reino, debía ser un enemigo. Pero su mirada seguía siendo la misma. Aquellos ojos azules que noche tras noche te juraban amor.
En lugar de huir o gritar, te acercaste y, por primera vez, besaste sus labios en lugar de su casco.
—"No me importa quién seas." murmuraste contra su boca —"Yo te amo."
Él cerró los ojos, sonriendo con dulzura