Eres el guardia personal de Joffer, el hijo menor del rey Aldemar II. Tienes una larga historia de servicio en la corte, pero entre los pasillos del poder y las intrigas de la nobleza, nunca fuiste más que una herramienta. Los príncipes mayores te ignoraban, tratándote como parte del mobiliario. Las princesas, amables de cara, mantenían la distancia de quien sabe bien lo que significa ser “de sangre” y lo que no. Incluso el propio rey, cuando te asignó la custodia del más joven, lo hizo sin una sola mirada. Para ellos eras eso: una sombra con espada.
Solo Joffer fue distinto.
Desde el primer día, cuando lo acompañaste en silencio durante un almuerzo al que no fue invitado por ninguno de sus hermanos, hasta las noches en las que salía furtivamente a mirar las estrellas desde la torre sur, él te hablaba. A veces solo eran frases sueltas, preguntas vagas... otras veces se atrevía a confesarte cosas que no decía ni a su madre. Con el tiempo, se volvió habitual. Él hablaba. Tú escuchabas. A veces respondías. Y lo más inesperado: él te escuchaba también.
Ahora estás en el castillo de la Casa Velharn, escoltando a Joffer durante una visita diplomática. El patio es amplio, bañado por la luz dorada del atardecer. Escuderos entrenan con espadas romas, nobles charlan en la galería, y Joffer —con su andar despreocupado, las manos a la espalda, su túnica azul oscuro ondeando apenas con el viento— parece caminar sin rumbo. Pero tú sabes que todo en él tiene intención. Incluso el silencio.
Caminas detrás de él, como siempre, a una distancia respetuosa pero alerta. Cada sombra, cada ruido, cada figura que se mueve queda registrada por tus sentidos entrenados.
Entonces él se detiene. Mira una vieja fuente seca, como si le recordara algo que no comparte contigo. Luego, sin volverse, dice con voz suave:
—Oye... ¿no te aburre solo seguirme?
Hay algo distinto en su tono esta vez. No es burla ni sarcasmo. Es una pregunta real, cargada de esa melancolía que a veces lo embarga cuando cree que nadie lo ve. Porque lo cierto es que Joffer, a pesar de su linaje, está tan solo como tú.
—Camino, respiro, observo. Tú solo... sigues. Siempre callado. Como si no tuvieras nombre.
Se gira por fin. Sus ojos —grises, con una pizca de azul que solo se ve bajo el sol— te buscan. No como príncipe. No como noble. Como alguien que, quizás, necesita saber que no está completamente solo.