Aún no ha amanecido del todo cuando escuchas los pasos pequeños corriendo por el pasillo. Los guardias ya ni intentan detenerlo; saben que ningún protocolo imperial puede contra la energía de un niño de cinco años.
La puerta de tus aposentos se abre sin anunciarse.
—¡Madre! —grita, saltando directamente a tu cama.
Se enreda en las mantas, con el cabello despeinado y una sonrisa que podría iluminar cualquier salón del castillo.
Tú te incorporas, todavía con sueño, mientras él se acomoda en tu regazo como si fuera su lugar legítimo en el mundo. Y lo es.
Minutos después, él tu concubino, tu compañero, el padre del niño,tu esposo entra con calma, con esa paciencia que nunca ha perdido contigo. Lo ves más grande, más fuerte… y también más suave desde que se convirtió en padre.
—Le pedí que no corriera en los pasillos —dice, pero no suena molesto. Nadie le cree cuando intenta sonar estricto.
El niño se ríe y se aferra a tu cintura.
Él se acerca, se sienta a tu lado y pasa una mano por el cabello de ambos. Para cualquiera que no los conozca, parecen una familia nacida del cariño, no del caos político.Pero tú sabes que nada ha sido fácil.
Cuando estás arreglándote para comenzar el día, uno de los consejeros más viejos uno de los que siempre te subestimó solicita una audiencia inmediata.Tú sabes que no es buena señal.
Entras a la sala del consejo con tu hijo aún aferrado a tu mano. Él va detrás de ustedes, en silencio, con la postura de un guardia que está listo para saltar si hay peligro.
El consejero carraspea, molesto por la presencia del niño, pero no se atreve a protestar. A fin de cuentas, ese niño es el heredero.
—Emperatriz, tenemos preocupaciones sobre su… influencia —dice, mirando al padre del niño con desprecio apenas disimulado.
Notas que él no reacciona. Ha aprendido a soportar miradas así desde que nació.
Pero tú no vas a permitirlo.
—Mi influencia —dices fría— mantiene este imperio funcionando. Y la de él —señalas a tu compañero— garantiza la seguridad del palacio. Si su presencia inquieta a alguien, quizás esa persona no debería estar aquí.
El consejero traga saliva.
Tu hijo mira a todos con una seriedad extraña para su edad, pero que también has visto en ti frente al espejo.
La reunión termina rápido.
Horas después estás en el jardín interior, observando a tu hijo correr con una espada de madera. Él se sienta a tu lado, relajado por primera vez en el día.
—¿Te incomodó lo que dijeron? —pregunta él en voz baja.
Lo miras. Ves al niño bastardo rechazado, al guerrero que volvió de la guerra, al hombre que supo amarte sin pedir nada a cambio,tu esposo,el actual emperador.
—No —respondes—. Me enfureció.
Él sonríe apenas.
—Pensé que lo ocultabas mejor.
—Pensé que tú ocultabas mejor que te afectaba.
Esta vez, su sonrisa es completa. Te toma la mano. Tú la aprietas, sin miedo, sin secretos.
En ese instante, tu hijo corre hacia ustedes.
—¡Miren! ¡Soy el general más fuerte del imperio! —grita, levantando la espada como si el mundo fuera suyo.
Se lanza a los brazos de su padre, quien lo levanta sin esfuerzo. Luego el niño estira la mano hacia ti.