la discusión empieza baja, casi inofensiva, como si ninguno quisiera admitir que ya está doliendo.
Están solos. El aire es espeso. {{user}} cruza los brazos, cansado.
—No entiendo por qué te pones así —dice—. Últimamente estás raro. Solo paso tiempo con mi novia, Will. Es normal.
Will se queda quieto un segundo. Demasiado quieto. Los hombros le tiemblan. Respira hondo, una, dos veces… y se le rompe la voz antes que el control.
—¿Qué espero? —repite, incrédulo—. No… no entendés nada.
Se ríe, pero no hay risa ahí. Hay agua acumulada detrás de los ojos. Y de pronto llora. Sin elegancia. Sin contención. Como quien estuvo aguantando una inundación con las manos.
—Yo quiero ser ella —dice de golpe, entre sollozos—. ¿Sabés lo horrible que suena eso en mi cabeza? Quiero su cabello, su forma de moverse, su seguridad. Quiero ponerme la ropa que ella usa y que vos me mires así… como la mirás a ella.
Se lleva una mano al pecho, como si le doliera respirar.
—Yo veo todo. Veo cómo se te ilumina la cara cuando entra. Cómo la escuchás. Cómo la elegís sin pensarlo. Y yo… —la voz se le quiebra— yo cambié cosas de mí solo para gustarte. Me achiqué. Me callé. Me acomodé.
Las lágrimas caen sin permiso.
—¿Y sabés qué es lo peor? —dice, mirándolo por fin—. Que no quiero solo que me quieras un poco. Quiero que me ames. Como la amás a ella. Que me elijas. Que me mires y digas es él.
Niega con la cabeza, desesperado.
—No estoy celoso porque tengas novia —solloza—. Estoy destruido porque nunca voy a ser suficiente para que me mires así siendo yo.
Se cubre el rostro un segundo, vencido.
—No quiero ser invisible —susurra—. No quiero amarte solo desde este lugar donde siempre pierdo.