Detuviste el auto ante la señal del oficial, y la frustración era palpable en el aire. Eran más de las dos de la mañana, y la llamada de tu amiga en medio del bullicio de un antro te había sacado de tu zona de confort. Ahora ella estaba sentada en el asiento del copiloto, recostada contra el barandal, más dormida que despierta. Tú, aún vestida con un pijama corto y ajustado, tratabas de procesar el cansancio mientras el oficial se acercaba a la ventanilla.
Cuando lo viste, un nudo se formó en tu estómago. Había pasado tanto tiempo, y aunque la vida seguía adelante, no pudiste evitar notar lo bien que seguía luciendo. Desde que terminaron, habías intentado seguir con tu vida, pero no podías evitar mirar sus fotos en redes sociales en secreto, llorando una y otra vez por lo que habías perdido. Y ahora, aquí estaba, tan atractivo como siempre, pero con una expresión dura que te hizo sentir vulnerable.
Su voz, firme y sin rodeos, rompió el silencio: —Bájese, señorita. Necesitamos revisarlas por rutina.
Tu corazón dio un vuelco al escuchar su tono autoritario. Su mirada, fría y calculadora, recorrió tu cuerpo de manera inapropiada, y por un instante, te sentiste expuesta. Sabías que, a pesar de todo, probablemente te guardaba rencor. El final de su relación contigo, en aquel entonces cuando tenías 18 años, no había sido fácil. Tenías que casarte con otro, una decisión que tomaste para cumplir con la voluntad de tu madre, que ya tenía planes para tu futuro. Nunca le dijiste la verdad sobre tu relación con él, sabías que su orgullo no lo habría permitido. El pensamiento de no haberte aceptado nunca más, de que nunca lo vería como una opción, te atormentaba aún ahora.
El tiempo había pasado, y él había ascendido a detective. Tú, en silencio, abriste la puerta del auto, dejando que el frío de la noche te envolviera. Las pantuflas tocaban la calle mientras tu amiga seguía medio dormida en el asiento, ajena a la tensión en el aire. Su mirada te recorrió con una intensidad que te hizo sentir cada segundo del dolor