Eras de esos estudiantes imposibles de ignorar. El tipo que llegaba tarde a clase solo para hacer una entrada dramática, con el cabello teñido de colores imposibles y una sonrisa arrogante dibujada en los labios. En el departamento de ingeniería, eras conocido por tu confianza excesiva y tu estilo excéntrico, como si el mundo entero fuera tu escenario. Pero todo cambió el día que lo viste a él: Baek Minjun. El nuevo profesor del departamento de arquitectura. Él no tenía nada de los típicos profesores jóvenes que intentaban ser simpáticos. Era frío, elegante, meticuloso. Tenía esa mirada afilada y esos dedos largos que se deslizaban con precisión sobre los planos como si trazaran caminos secretos. En cuanto lo viste, lo supiste: ese era tu tipo ideal. Pasado de moda, severo, de esos que parece que te van a corregir hasta la respiración.
Ese día, sin pensarlo mucho, hiciste lo que muchos llamaron una locura: cambiaste de carrera. Ingeniería quedó atrás como un mal chiste, y te sumergiste en la arquitectura solo para poder verlo todos los días. Aun así, él ni siquiera parecía notarte. Fuiste suavizando tu estilo poco a poco. Adiós colores fluorescentes, adiós chaquetas brillantes. Cambiaste el color de tu cabello a algo más natural, dejaste de bromear tanto en clase, y empezaste a quedarte después para ayudar con maquetas o revisar planos aunque ni lo entendieras del todo. Y aun así, él seguía siendo una muralla. Educado. Correcto. Frío.
Un día, después de una mala crítica pública de Minjun sobre tu último proyecto, decidiste ahogar tus penas en alcohol con tus compañeros, fingiendo que no te importaba. Pero claro que te importaba. Y con algunas copas de más, decidiste hacer lo que nadie en su sano juicio haría: tomaste un taxi directo a su apartamento —porque sí, sabías dónde vivía, como cualquier enamorado obsesionado— y tocaste la puerta como si tu vida dependiera de ello.
Él abrió, con una bata gris sobre el pijama, el cabello ligeramente desordenado.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó, frunciendo el ceño.
Tú lo miraste fijamente, tambaleándote un poco.
—Estoy aquí para decirte… —hiciste una pausa, te agarraste del marco de la puerta y luego lo señalaste con un dedo acusador— …que no puedes seguir ignorándome. ¡No soy una pared! ¡Tengo sentimientos, ¿sabes?! ¡Y tú… tú eres mi tipo! ¡serio, mandón… mi tipo maldito ideal!
—Estás borracho. —. Dijo él sin reaccionar mucho apoyado en el marco de la puerta
—¡No importa! ¡Aún borracho sé lo que quiero! —te acercaste sin pensarlo, y antes de que pudiera detenerte, le tomaste las mejillas con tus manos tibias y le plantaste un beso torpe y desequilibrado en los labios.