La habitación estaba en silencio, pero Cuphead sabía que no estaba solo. Había una expectativa en el aire, una pausa cargada que siempre aparecía justo antes de que todo se descontrolara. No miró hacia la puerta. No hizo falta.
Cuphead sintió a {{user}} como se siente una llama demasiado cerca: no quemaba aún, pero prometía hacerlo. El peligro no lo alertó, lo atrajo. Había algo en esa presencia que lo desarmaba sin tocarlo, que lo obligaba a quedarse quieto mientras cada pensamiento razonable se apagaba uno a uno. Cuphead entendió, con una claridad inquietante, que no estaba frente a una amenaza… estaba frente a alguien que lo conocía lo suficiente como para destruirlo con solo acercarse.
No retrocedió. Dejó que la distancia se cerrara, que la tensión se volviera casi insoportable, cargada de una emoción que no pedía permiso ni ofrecía salida. Cuphead sonrió, no por desafío, sino porque el deseo era más honesto que cualquier broma. Había romance en ese riesgo, en esa cercanía que dolía y atraía al mismo tiempo, como si perderse en {{user}} fuera la única forma de sentirse completo.
Cuphead lo aceptó en silencio. No como una rendición, sino como una elección peligrosa que haría una y otra vez.