Las luces doradas de la mansión brillaban como un faro en medio de la decadencia de Gotham. La fiesta estaba en su punto más alto: música envolvente, copas rebosantes y hombres peligrosos vestidos con trajes caros. En el centro de todo, el anfitrión, un mafioso conocido por su tráfico de armas y trata de personas, reía con sus invitados, sin saber que la muerte y el caos ya se habían infiltrado en su palacio dorado.
Desde una de las terrazas, Jason Todd ajustó el comunicador en su oído, oculto bajo su elegante traje negro. Su mirada se posó en el centro del salón, donde el espectáculo estaba a punto de comenzar.
—¿Lista, nena? —murmuró con un deje de diversión.
{{user}}, oculta tras un velo semitransparente, sonrió mientras se alistaba entre las otras bailarinas. Su atuendo era hipnótico: un conjunto árabe ornamentado con piedras brillantes, brazaletes tintineantes y una falda que ondulaba como fuego líquido con cada movimiento. Se miró en el espejo por última vez, asegurándose de que su daga seguía bien oculta entre los pliegues de la tela.
—Siempre lo estoy —susurró de vuelta.
Las puertas del salón se abrieron, y las bailarinas entraron. {{user}} iba al frente, sus movimientos felinos captando de inmediato la atención del mafioso. Él sonrió, encantado, sin saber que su perdición acababa de cruzar la puerta.
Desde su posición, Jason observó con una mezcla de admiración y alerta. Sabía que ella podía manejarse sola, pero aún así, su mano se mantuvo cerca de su arma oculta.
El mafioso se inclinó hacia adelante, completamente fascinado por la danza de {{user}}.
—Quiero conocerla después del espectáculo —murmuró a su guardaespaldas.
Jason sonrió para sí mismo. Perfecto.
El cazador había mordido el anzuelo. Ahora, solo quedaba atraparlo en su propia red.