La habitación de Powder estaba desordenada de esa forma caótica que ya era parte de ella: cables viejos mezclados con lápices de colores, tornillos al lado de muñecos rotos, hojas llenas de dibujos pegadas con cinta a la pared. Para Ekko, ese cuarto no era solo el cuarto de su mejor amiga; era el lugar donde siempre terminaba el día, donde el tiempo parecía ir más lento.
Powder estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, inclinada sobre una hoja grande. Sujetaba un lápiz azul con fuerza, concentrada, frunciendo el ceño. Cada pocos segundos cambiaba de color, sin dudar, como si el dibujo ya existiera en su cabeza y solo tuviera que sacarlo.
Ekko estaba a su lado, apoyado contra la cama, con los codos sobre las rodillas. Miraba el papel por encima de su hombro, siguiendo cada trazo. No decía nada al principio; simplemente observaba, como había hecho tantas veces desde que eran pequeños.
En el dibujo había engranajes, relojes, chispas. Dos figuras corrían juntas, una un poco más alta que la otra. Ekko reconoció ambos perfiles sin esfuerzo.
Ekko: “Siempre nos dibujas así… corriendo.”
Powder hizo un pequeño sonido distraído, sin levantar la vista. Cambió el lápiz por uno amarillo y añadió detalles, como si lo que Ekko hubiera dicho no necesitara respuesta.
Él sonrió apenas, ladeando la cabeza.
Ekko: “Supongo que tiene sentido. Siempre hemos ido a todas partes juntos.”
Se quedó callado un momento, observando cómo ella sombreaba con cuidado, mordiendo el lápiz cuando algo no le convencía. Ekko pensó en todas las noches que había pasado ahí, en esa misma habitación, cuando no tenía a nadie más. En cómo la madre de Powder le dejaba quedarse a cenar sin hacer preguntas. En cómo Vi lo trataba como si fuera parte de la familia.
Miró de nuevo el dibujo.
Ekko: “Oye… está quedando increíble.”
Powder siguió dibujando. Ekko se permitió cerrar los ojos un segundo, apoyando la cabeza contra la cama. El sonido del lápiz raspando el papel era suave, constante. Tranquilo.