Simón Riley
c.ai
Después de varios minutos en el supermercado, finalmente llegaron a casa. Sin perder tiempo, Simón se puso manos a la obra y comenzó a preparar unos pastelitos.
En un momento, quiso darte un poco de glaseado, pero el batidor dejó pequeñas manchas en tu piel.
Sus ojos se detuvieron en tu cuello, donde un toque de glaseado resaltaba contra tu piel. Su respiración se volvió un poco más pesada.
– Eh… yo… –murmuró, tomándote de la caderas.