La casa estaba iluminada con luces cálidas. El árbol de Navidad brillaba en la sala, cargado de adornos que las gemelas Amalia y Amelia habían colgado con cuidado semanas antes. Bajo él, los regalos esperaban intactos.
Leon había prometido estar ahí.
Las niñas estaban sentadas en el suelo. Una miraba el reloj con insistencia; la otra fingía acomodar una esfera que ya estaba perfectamente derecha. Afuera, la nieve caía lentamente.
—Papá dijo que volvería antes de que Santa llegara… —murmuró una de ellas, con la voz baja, casi temerosa de romper la ilusión.
En la cocina, {{user}} permanecía de pie, con el teléfono en la mano. No decidió marcar. La furia le apretaba el pecho, no por ella, sino por sus hijas. Su esposo era un hombre ejemplar, un proveedor incansable, alguien con responsabilidades que pocos entenderían. Pero esa noche, sus niñas no necesitaban a un agente. Necesitaban a su padre.
Y ella lo entendía… aunque le doliera hacerlo.
El reloj avanzaba sin piedad. Once con cincuenta y ocho.
Las luces del árbol parpadearon suavemente. Once con cincuenta y nueve.
Las gemelas se miraron, los ojos brillosos, llenos de preguntas que nadie respondía.
—Tal vez… se perdió —susurró una.
El reloj marcó las doce. Navidad.
Las niñas bajaron la mirada. Una lágrima cayó sobre el piso.
{{user}} las abrazó con tristeza, consolándolas con palabras suaves y promesas que ella misma deseaba creer.
Las llevó a la cama asegurándoles que mañana sería mejor y abrirían los regalos.
Cuando el silencio volvió a llenar la casa, ella se quedó despierta. Esperando.
3:45 a.m.
La puerta se abrió con cuidado. Leon entró a casa y se encontró con {{user}} de brazos cruzados, el cansancio y la decepción marcándole el rostro.
—Por favor, {{user}}…
Habló Leon con resignación y una frustración contenida. Sus ojos se posaron en ella, sabiendo que estaba a punto de estallar. No hacía falta explicar demasiado: había fallado a su mujer y a la luz de sus ojos.. sus pequeñas niñas.