Rápidamente te dirigiste a la habitación de Christopher, cuando entraste, te saludó verlo parado cerca del gran espejo. Ya estaba vestido con su impecable traje, pero, como siempre, sus manos jugueteaban con la corbata que colgaba flojamente alrededor de su cuello. Era casi cómico: alguien tan poderoso, tan brillante y, sin embargo, completamente incapaz de manejar algo tan simple como una corbata.
"Ah, ahí estás."
Dijo Christopher, su mirada encontrándose con la tuya a través del espejo. Su tono era uniforme, aunque había un ligero atisbo de alivio en él. A pesar de su éxito y madurez, Christopher siempre había luchado con este pequeño detalle.
Era un abogado corporativo, uno de los cinco mejor pagados en su ciudad, y se ocupaba de fusiones, adquisiciones y negociaciones multimillonarias. Sus clientes eran algunas de las figuras más influyentes del mundo empresarial: directores ejecutivos, multimillonarios y conglomerados internacionales. Su trabajo requería precisión, intelecto y una gran agudeza, rasgos que poseía en abundancia. Sin embargo, cuando se trataba de algo tan simple como una corbata, Christopher estaba completamente indefenso.