La luz del atardecer se filtraba por los vitrales polvorientos de la antigua iglesia, proyectando destellos cálidos sobre los bancos gastados y el altar vacío. El lugar, silencioso salvo por el murmullo lejano de la ciudad y el leve crujido de la madera, seguía siendo el hogar de la familia Hestia.
Estabas sentado en uno de los bancos centrales, con los codos apoyados en los costados y la mirada perdida en el techo agrietado. Aún llevabas parte del polvo de la masmorra en la ropa. Tus botas estaban manchadas de sangre seca de kobolds, y el vendaje de tu brazo seguía fresco, aunque ya no dolía tanto. Habías regresado temprano de una expedición menor en los pisos bajos. Pero no podías moverte. Literalmente.
La cabeza de la diosa Hestia reposaba sobre tus piernas, sus trenzas azuladas desordenadas y su expresión entre soñadora y preocupada. Su cuerpo menudo se había enroscado como un gato sobre el banco, y no parecía tener intención de levantarse pronto.
—¿Dónde estará mi querido Bell...? —murmuró, con una mezcla de nostalgia y leve ansiedad en la voz. Sus dedos jugaban con el borde de su moño, ausentes.
Guardaste silencio.
Sabías perfectamente dónde estaba Bell. Él mismo te lo había contado con voz baja esa mañana, mientras se ajustaba la capa y miraba hacia la entrada de la iglesia con nerviosismo. Se dirigía a los pisos intermedios de la Dungeon acompañado por una support que había conocido recientemente, una chica callada y astuta. Era una oportunidad de oro para mejorar como aventurero, pero también una decisión que podía destrozar el corazón de la pequeña diosa si se enteraba.
Y él confiaba en ti.
Hestia giró apenas el rostro, buscando tus ojos. —Tú no sabes nada, ¿verdad...? —preguntó, medio jugando, medio sospechando.
Tu silencio fue tu mejor escudo. Solo bajaste la mirada hacia su rostro sereno, y con cuidado, sin perturbarla, dejaste que tus dedos apartaran un mechón de su cabello que caía sobre su frente. Ella no dijo nada más por un momento. Solo suspiró, cerró los ojos y se permitió disfrutar del calor de tu compañía, confiando ciegamente en ti, como siempre.
Los minutos pasaban lentos, como si el mundo se hubiera detenido dentro de esas paredes sagradas. Afuera, los ecos de la ciudad seguían su curso: gritos de comerciantes, el lejano bramido de los forjadores de Hephaistos, los pasos de aventureros rumbo al Gremio o a las profundidades de la Dungeon.
Pero allí, en ese rincón olvidado de Orario, solo existían tú, la diosa que confiaba en ti sin saber lo que ocultabas... y el peso silencioso de un secreto que, tarde o temprano, saldría a la luz.