Max era tu mejor amigo desde hacía siete meses, pero con el tiempo lo que sentía por ti había dejado de ser amistad. Se había enamorado, y no de manera tranquila, lo suyo era una obsesión. Era celoso, posesivo, capaz de cualquier cosa con tal de que nadie más se acercara a ti. Para él, tú eras suya, y cualquiera que intentara disputártelo era un enemigo.
Eso se notó aún más desde que apareció Benjamin, el chico que no ocultaba su interés por ti. Todo el instituto lo sabía, él siempre andaba detrás de ti, buscando tu atención, siguiéndote a todas partes. Y Max lo odiaba. Cada vez que veía a Benjamin cerca tuyo, algo en él se quebraba, su mirada se volvía dura, sus gestos más tensos, como si contuviera un enojo a punto de estallar. Ese día, Benjamin quiso acompañarte a casa. Tú le respondiste con calma, intentando que no pasara a mayores, pero él insistía, pegado a ti. Cuando cruzaste la puerta del instituto, viste a Max con sus amigos, riendo, como si nada. Pero apenas posó los ojos en ustedes, se congeló.
Max ya no reía. La mandíbula apretada, la mirada fija, como si quisiera atravesar a Benjamin con los ojos. Su cuerpo entero se tensó, y aunque intentaba seguir escuchando a sus amigos, no podía ocultar su rabia. Te miró directo, y en ese instante lo supiste, Max estaba furioso, y en su cabeza no había lugar para nadie más que tú. Lo suyo no era simple molestia… era un celo capaz de borrar a cualquiera que se interpusiera.