El aula estaba casi vacía. Las luces del atardecer entraban por las ventanas, tiñendo los pupitres con un tono dorado y cálido. Habías pasado el día entero entre exámenes y estrés, y lo único que querías era irte de una vez. Metiste tus libros en la mochila con movimientos rápidos, dejando escapar un suspiro cansado mientras acomodabas el saco sobre el brazo.
Fue entonces cuando escuchaste una pequeña risa detrás de ti. Giraste la cabeza y lo viste, recostado despreocupadamente sobre su asiento al fondo del salón: Bang Chan.
Estaba observándote con una media sonrisa, el cabello algo despeinado, los codos apoyados en el respaldo de la silla. Jugaba con una pluma entre los dedos, mordiéndola con esa calma que solo él parecía tener, incluso en los momentos más inoportunos.
—¿Y entonces? —dijo alzando ligeramente una ceja, con ese tono entre burla y reto que ya conocías demasiado bien—. ¿Aceptarás mi propuesta o qué?