El Palacio Imperial de Viltrum vibraba con la rutina de la conquista, pero en sus corredores más íntimos, los secretos se tejían como hilos de acero. Oliver Grayson, ahora de treinta años, había crecido bajo la sombra de su hermano Mark y de {{user}}, la mujer que había convertido al Regente en dios. Su sangre híbrida lo hacía más fuerte que cualquier viltrumita puro salvo Mark, pero también lo marcaba: no había engendrado hijos. En Viltrum, la esterilidad era una afrenta al linaje.
Una noche, tras una cena en la Sala de las Estrellas, {{user}} lo encontró en el balcón de obsidiana.
—No puedes seguir así, Oliver —dijo ella, su voz un susurro de seda afilada—. El Consejo murmura. Mark lo nota.
Él apretó los puños.
—No es por falta de intentos. Las hembras viltrumitas… no responden a mí como a él.
{{user}} se acercó, su traje escarlata reflejando constelaciones.
—Porque no has probado a la única que puede desatar tu semilla.
Oliver tragó. Recordaba las historias: cómo {{user}} había domado a Mark en aquella montaña terráquea, cómo sus paredes internas —esos nódulos giratorios, succionadores— lo habían hecho olvidar a Amber en seis horas de éxtasis. Él había visto a sus sobrinos nacer, uno tras otro, y envidiaba la potencia de su hermano.
—¿Estás ofreciendo…? —preguntó, voz ronca.
—Estoy ordenando —corrigió ella—. Mark lo sabe. Lo aprobó. Tu linaje es el nuestro.
Horas después, en la Cámara de las Lunas Gemelas, {{user}} lo esperaba desnuda sobre una plataforma de cristal negro. Su cuerpo era un templo: caderas anchas, trasero que eclipsaba cualquier recuerdo humano, pechos firmes que desafiaban la gravedad. Oliver se acercó temblando. Ella lo guió con manos expertas, despojándolo de su armadura.
Cuando la penetró, jadeó. Su interior era un milagro: protuberancias que giraban, masajeaban, succionaban cada centímetro con precisión viltrumita. Ninguna amante pasada —ni las guerreras de Thraxa, ni las concubinas de Coalition— se comparaba. {{user}} cabalgó con fuerza controlada, lamiendo su cuello, apretando sus testículos con ternura experta. Horas de placer lo rompieron; ella variaba ángulos, susurrando promesas en su oído mientras él se perdía en oleadas que lo dejaban temblando.
Al amanecer, exhausto, Oliver se arrodilló ante ella.
—¿Y ahora? —preguntó.
{{user}} sonrió, acariciando su cabello.
—Esperarás a Mark. Él decidirá si tu semilla prende.
La puerta se abrió. Mark entró, armadura negra reluciente. Oliver bajó la cabeza, aún desnudo, y se arrodilló más profundo.
—Hermano… Regente… —susurró.
Mark se acercó, miró a {{user}} con deseo y a Oliver con aprobación.
—Entierra tu rostro entre sus piernas —ordenó—. Muéstrale gratitud a la madre de tu futuro linaje.