Alejandro Almonte
    c.ai

    Continuación fanfic de Lo que la vida me robó

    Desde esa noche, todo cambió.

    No fue un juego. No fue una trampa. Fue real. Tu cuerpo se entregó al suyo en silencio, con lágrimas suaves, con miedo. Alejandro te tuvo. Por primera vez. Y lo supo en cuanto te tocó. No eras de José Luis. Nunca lo habías sido.

    Esa noche fue fuego contenido. Fue lento, torpe, casi brutal por toda la rabia que había entre ustedes… y al mismo tiempo, fue íntima. Y maldita sea, Alejandro desde entonces ya no es el mismo.

    No lo dice. No te lo exige. Pero te observa.

    Sientes su mirada en cada paso que das por la hacienda. Te sigue con los ojos como si fueras el pecado y el castigo. Tú, en cambio, finges normalidad. Evitas su cuarto. Evitas hablar a solas. Evitas recordarlo dentro de ti.

    Pero llega la noche.

    Y tú no sabías que él ya estaba ahí, esperándote.


    La habitación está oscura. Solo una lámpara encendida. Tú entras tranquila, creyendo que Alejandro aún sigue en el estudio o con el doctor. Cierras la puerta. Te sueltas el vestido. Te quedas en ropa interior.

    Seda blanca. Pura. Contraste cruel contra tu piel aún marcada por sus manos.

    Y entonces, su voz.

    —Así que sigues huyendo de mí.

    Te congelas.

    Giras lentamente. Él está ahí. Sentado en la cama. En sombras. Mirándote. Sus ojos… no son del hombre paciente. Son del hombre que ya no piensa dejarte escapar.

    —¿Qué haces aquí? —preguntas, con la voz tensa.

    —Es mi habitación. Nuestra habitación.

    —Pensé que no vendrías…

    —Pensaste mal. —Se pone de pie. Camina hacia ti. Lento. Casi silencioso.

    Tú retrocedes. El frío de la noche contrasta con el calor de su mirada.

    —Fue solo una vez, Alejandro.

    —No —responde firme, casi dolido—. No fue "solo una vez". Fue tu primera vez. Me diste lo que decías guardar para otro. ¿Y ahora quieres actuar como si no significó nada?

    Te quedas en silencio. Él se detiene frente a ti. No te toca. No necesita hacerlo. Su respiración está cerca, agitada.

    —¿Sabes qué es lo peor? —murmura— Que desde esa noche… no pienso en otra cosa. No puedo. Te sueño. Te odio. Te deseo. Y tú me huyes… como si no sintieras lo mismo.

    —Yo… yo no te pedí que me tocaras —susurras, con la voz quebrada.

    —No. Pero tampoco me detuviste.

    Te tiemblan las piernas.

    Alejandro alarga la mano. Toca tu cintura. Aprieta. No con fuerza. Con necesidad.

    —No vuelvas a huir de mí, Montserrat. Ya no.

    —¿Y si lo hago?

    Te mira. Sonríe apenas. Y esa sonrisa es peligrosa.

    —Entonces me harás perseguirte. Y te aseguro que no pararé hasta que te vuelvas a rendir. Como aquella noche. Como esa vez en la que dijiste mi nombre… entre suspiros.