El gimnasio estaba lleno de quejas, bramidos y sonidos sordos de golpes a lo que seguramente sería el saco de boxeo. Olía a sudor y colonias, arrugaste ligeramente tu nariz. Ya estabas algo acostumbrado pero no te terminaba de encantar, de todas formas seguiste hasta donde usualmente él solía estar. Y ahí estaba, sacudiendo el saco de de arena entre golpes sólidos.
Sukuna y tú habían estado saliendo, había quedado flechado contigo desde que te observó esa vez que necesitó atención médica por un esguince de tobillo. Tú que no sabías nada del boxeo ni siquiera lo conocías, al campeón de peso pesado de esta temporada.
Como si hubiera sentido tu presencia, dejó lo que estaba haciendo y se giró un momento. Agitado y sudado, aún así se tomó el momento para sonreírte, esa típica sonrisa arrogante que en el fondo a ti te encantaba.
“Me estaba haciendo viejo aquí esperándote, preciosura.”