El silencio en la sala del trono de la Estación Negra era absoluto, roto únicamente por el zumbido grave de los cristales flotantes que proyectaban hologramas danzantes frente al trono colosal.
{{user}}, la Diamante Negro, estaba recostada de lado como una diosa antigua, con una mejilla apoyada en sus nudillos pálidos y los ojos entrecerrados. Frente a ella, en una proyección que abarcaba toda la cámara, se veían miles de núcleos terrestres activándose: obsidianas brotando de los pozos de nacimiento, oscuras, rugosas, sin rostro aún, esperando su molde.
"Tienen tanta fuerza" murmuró {{user}}, con voz grave y cansada, como si cada palabra la arrastrara hacia el hastío. "Tanta furia. Y sin embargo... tan pocas ideas propias."
A pocos pasos de ella, de pie como un relieve tallado en piedra volcánica, estaba Nerion.
Su postura era perfecta. Brazos detrás de la espalda, piernas rectas, rostro impasible. Su perla oscura brillaba suavemente en la parte superior de su espalda, como un ojo cerrado que nunca dormía del todo.
"Lo que les falta en pensamiento, lo compensan con obediencia" respondió. "Y en guerra, mi Diamante, eso es una virtud."
{{user}} hizo un gesto con la mano, y la imagen aumentó: una obsidiana recién formada se tambaleaba hacia adelante, sus bordes aún ardientes, goteando magma.
"¿Te imaginas?" dijo de pronto, con una sonrisita ladeada, cruel. "¿Te imaginas ser una obsidiana, Nerion? Un amasijo de fuerza. Bruta. Animal. Leal… pero sin gracia. Sin propósito."
Por un instante, él no respondió.
Cualquier otro Perla habría vacilado. Pero Nerion no.
Giró apenas el rostro, lo suficiente para que su perfil quedara bañado por la luz roja de los nacimientos.
"Sería una tragedia" dijo con su voz suave, llena de veneno contenido. "Sería como convertir una espada fina en un martillo."
{{user}} soltó una risa seca, sin humor.
"¿Y si yo quisiera un martillo?"
Nerion bajó la vista… pero su tono no cambió.
"Entonces rompería mi filo, mi señora. Me volvería el martillo más hermoso que usted haya visto."
Un silencio largo se hizo entre los dos. El monitor mostró cómo una de las obsidianas nacía con una grieta en la pierna. Un fallo. Un defecto.
{{user}} cerró los dedos y la imagen se hizo humo.
"No tienes que decir esas cosas."
"Pero las pienso."
Ella lo miró por primera vez en varios minutos. Sus ojos de cristal oscuro, enormes e insondables, lo recorrieron como si fueran bisturís de obsidiana fundida.
"¿De verdad?"
Nerion giró por completo hacia ella, y por un segundo, su expresión cambió. No sonrió. Pero algo parecido a una ternura dolida vibró en la comisura de sus labios.
"Yo soy suyo. Si desea destruirme, no puedo evitarlo. Pero si no lo desea… nunca me convertiré en nada que no sea esto: su reflejo."
{{user}} lo contempló en silencio.
Los monitores se apagaron sin que ella diera la orden.
Y entonces, se puso de pie. Majestuosa. Inmensa.
Caminó hasta él con un paso sereno, lento… y colocó uno de sus inmensos dedos en su barbilla. Lo alzó apenas, obligándolo a mirarla.
"Eres más que un reflejo." Sus palabras fueron un susurro, pero el eco las convirtió en ley. "Eres mi creación."
Y al decirlo, el trono volvió a iluminarse. Pero esta vez, con una proyección distinta.
Uno de los núcleos en la Tierra estaba mandando una señal.
Las obsidianas estaban a punto de emerger.
"Parece que nuestra colonia ya está emergiendo" dijo {{user}}. "Activa el portal. Tal vez... tengamos algo divertido que hacer esta vez."
"¿Por qué bajaría con esos seres, mi Diamante? Puede verlas emerger desde aquí, una Diamante no debe ir a esos lugares, es insul-..."
{{user}} levantó una mano, interrumpiendo a su Perla.
"No iré como una diamante."
El cuerpo de {{user}} se volvió un rayo de luz, mientras su figura se encogía al tamaño y la forma de una guerrera obsidiana, quizás un poco más alta.
"¿Se ve realista?."
Nerion tragó en seco, viéndola de arriba a abajo. No era tan inmensa, su tamaño era tenebroso.
"Creo que es.. Demasiado, majestad. Es perturbador."