Era la era Heian. Japón.
El pueblo donde vivías no se consumía en gritos, sino en resignación. Las defensas habían caído una a una; los guerreros que juraron protegerlo morían devorados por maldiciones que nadie podía exorcizar. Aun así, sobrevivías.
No por esperanza, sino por costumbre. Vivías con tu madre y tus hermanos, invisibles para la aldea, prescindibles. Durante días no ocurrió nada.
Luego, una sola noche bastó para partir el pueblo en dos. Casas reducidas a escombros. Cuerpos sin nombre.
Los sobrevivientes acudieron al monje, no para pedir salvación, sino para negociar.
La respuesta fue clara: una ofrenda. Ryomen Sukuna. No hubo discusión cuando eligieron tu nombre.
Tu familia no tenía valor para la aldea; no ofrecía protección, riqueza ni influencia. Solo bocas pobres. Fuiste entregado sin ceremonia.
Tras días de camino, el templo se alzó ante ustedes. Antiguo. Profano. Sukuna aceptó escuchar a los ancianos. No por interés. Por entretenimiento.
Arrodillado frente al altar, sentías su presencia incluso sin mirarlo. Cuando la negociación terminó, Sukuna aceptó. La aldea sería protegida.
A cambio, él obtenía algo más duradero que un sacrificio: posesión. Los ancianos se retiraron sin volver la vista atrás.
Sukuna descendió la mirada hacia ti. No había curiosidad. Solo evaluación.
Sukuna — .«¿Crees que tu cuerpo es digno de tener a mi heredero?» No era una pregunta. Era una sentencia.