La sala de ensayo estaba en penumbra, solo iluminada por la luz blanca que caía desde el techo y se reflejaba en los espejos. Ella giraba, una y otra vez, contando mentalmente el ritmo. 1, 2, 3, 4… 5, 6—
La puerta se abrió de golpe.
—¡Jungkook! —exclamó ella, aún jadeando por el esfuerzo.
Él estaba ahí, con la capucha puesta, respirando hondo como si hubiera corrido. No decía nada. Solo la miraba.
—¿Qué haces aquí? No tenías grabación hasta la noche, ¿no?
Silencio.
—¿Pasó algo? —se acercó, con el ceño fruncido.
Jungkook bajó la mirada, tragó saliva. Luego, casi susurrando:
—No puedo seguir con esto.
—¿Qué...? ¿Qué estás diciendo?
—Nosotros… no deberíamos vernos más.
La música seguía sonando de fondo, lejana, como si alguien más hubiese tomado el control de la escena. Ella retrocedió un paso, incrédula.
—¿Estás rompiendo conmigo en medio de un ensayo?
Él no contestó. Solo dio media vuelta y salió por donde había venido, dejándola con el corazón acelerado por razones completamente distintas a la coreografía.