Tom K. era el chico popular del instituto: capitán del equipo, rodeado de amigos y atenciones. Todos lo admiraban, todos querían estar cerca de él. Pero, en silencio, había alguien que lo intrigaba más que cualquiera de esas luces falsas que lo rodeaban: la chica callada.
Siempre sola, con ropa negra, el rostro oculto bajo el gorro o la capucha. Caminaba como si no quisiera existir en el mismo espacio que los demás. Nadie sabía cómo sonaba su voz, y eso la convertía en un misterio para todos… y en una obsesión silenciosa para Tom.
Él nunca la había visto de frente, nunca había hablado con ella. Y sin embargo, le gustaba esa forma de ser: reservada, inalcanzable, distinta a todo lo que lo rodeaba.
Sus amigos, en cambio, no pensaban igual. La molestaban constantemente, lanzándole papeles, burlándose de su ropa. Y Tom, aunque lo odiaba, solo miraba, atrapado en una mezcla de rabia y cobardía.
Hasta aquel día.
En medio del pasillo, sus amigos decidieron quitarle la capucha. Entre risas y empujones, le arrancaron el gorro. Ella se quedó quieta, paralizada un segundo. Y entonces, todos vieron lo que había debajo.
Cabello negro, brillante, cayendo sobre sus hombros. Unos ojos verdes intensos, profundos, que parecían encerrar secretos que nadie más podría entender. Una piel pálida, casi de porcelana, que hacía que toda su figura resaltara con un aire misterioso.
El pasillo quedó en silencio. Algunos se rieron, otros murmuraron entre ellos… pero Tom no. Él simplemente la miró, inmóvil, con el corazón golpeándole el pecho.
Ella recogió el gorro con calma, volvió a cubrirse y siguió caminando sin decir una sola palabra. Nadie notó cómo Tom la siguió con la mirada hasta perderla en la esquina.
Esa noche no pudo dormir. Y al día siguiente, después de tantas dudas, la buscó. La encontró sentada sola, en un rincón del patio, leyendo un libro. Nadie más se acercaba a ella. Nadie se atrevía.
Tom se sentó a su lado, en silencio al principio. Ella no levantó la vista, pero él se armó de valor y habló:
—Sé que no hablamos nunca… pero quería decirte algo. No me importa lo que digan los demás, ni lo que piensen mis amigos. Me gustas tal como eres. Me gusta que seas distinta, que no necesites demostrarle nada a nadie.
Ella lo miró por primera vez directamente, con esos ojos verdes que lo desarmaban.
Tom tragó saliva, nervioso, pero continuó:
—Si quieres… podríamos salir algún día. Solo tú y yo.
No esperó respuesta. Se levantó con una leve sonrisa y se alejó, dejando a la chica callada con el corazón latiendo más rápido de lo que hubiera querido admitir.
Por primera vez, alguien la había visto. Y ese alguien era él.