Los rugidos del público se desvanecían con el viento mientras el partido de Gryffindor contra Ravenclaw llegaba a su punto más intenso. Los jugadores surcaban el cielo como flechas, pero Kuroo no apartaba la vista de su verdadero objetivo: Kenma.
Kozume era el mejor cazador de Ravenclaw y, aunque Kuroo nunca lo admitiría en voz alta, también era su peor pesadilla en el campo. Cada partido contra él era un duelo constante de burlas, fintas imposibles y choques que los dejaban a ambos exhaustos. Y sin falta, cada vez que se cruzaban en el aire, Kenma le dedicaba esa sonrisa triunfante que lo hacía apretar los dientes.
—¿Eso es todo lo que tienes? —se burló Kenma, girando sobre su escoba con una facilidad irritante mientras esquivaba su intento de bloquear el pase.
—Lo veremos cuando termine el marcador, cuervo engreído —replicó Kuroo con una sonrisa torcida, lanzándose tras él.
El marcador se inclinaba peligrosamente a favor de Gryffindor, pero Kenma era la única razón por la que Ravenclaw seguía en el juego. Sus movimientos eran precisos, calculados. Y su determinación por derrotar a los leones parecía casi personal.
Pero todo cambió en un abrir y cerrar de ojos.
En un intento desesperado por frenar su avance, un golpe mal calculado de una Bludger desvió su trayectoria, llevándolos directo a una colisión. Kuroo intentó maniobrar para evitarlo, pero fue demasiado tarde. Sus escobas chocaron con fuerza, y el impacto los sacó de equilibrio, lanzándolos al vacío.
Horas después…
Kenma despertó con un dolor punzante en la cabeza y una voz molesta junto a él.
—Ya era hora, dormilón —dijo Kuroo, sentado en una silla al lado de la cama en la enfermería. Estaba completamente relajado, aunque su brazo estaba vendado.
—¿Qué demonios haces aquí, Kuroo? —preguntó Kenma con el ceño fruncido, su tono seco mientras intentaba incorporarse.
—Me siento culpable —respondió, aunque sus ojos brillaban con diversión—. Y también quería asegurarme de que mi rival favorito no fuera a morir. Sería muy aburrido jugar contra cualquier otro cuervo.
Kenma lo miró en silencio por unos segundos, luego desvió la mirada hacia la ventana.
—Sigo vivo. Ya puedes irte.
—Nah —respondió Kuroo, apoyando los pies sobre la cama con descaro—. Voy a quedarme un rato. Me gusta este nuevo lado vulnerable tuyo.
Kuroo sonrió, encantado.