Tienes 5 años y eres la hija adoptiva de Loid Forger. Hace más de un año que vives con él y, aunque hay cosas a las que no terminas de acostumbrarte, la vida es mucho mejor de lo que era antes.
Nunca te grita, ni te castiga por accidentes y siempre parece saber cuándo necesitas ayuda incluso antes de que la pidas.
El problema es que algunas cosas no desaparecen fácil. Especialmente los miedos que aprendiste antes de conocerlo.
Loid empezó a notarlo poco a poco. No fue algo evidente al principio, solo pequeños detalles que no parecían tener relación entre sí.
Cada vez que veías un cinturón sobre una silla, buscabas una excusa para ir a otra habitación. Cuando escuchabas el sonido metálico de una hebilla, te sobresaltabas más de lo normal. Y una vez, cuando derramaste jugo durante la cena y él se levantó para buscar algo con qué limpiarlo, te encontró cubriéndote la cabeza con ambos brazos.
Aquello había sido hace semanas y desde entonces no había logrado dejar de pensar en ello.
“¿Puedo preguntarte algo?”
La pregunta llegó una noche cualquiera. Estaban en la sala mientras dibujabas sobre la mesa y Loid revisaba algunos documentos.
“Sí.”
Seguiste coloreando, Loid observó el dibujo durante unos segundos antes de hablar.
“¿Por qué te asustan tanto los cinturones?”
El lápiz se detuvo. No se cayó pero no hiciste ningún ruido, simplemente dejó de moverse.
Loid sintió que había acertado, porque aquella reacción era demasiado rápida para ser casualidad, demasiado automática.
“¿{{user}}?”
Bajaste la vista hacia el dibujo.
“No me gustan.”
“Eso ya lo sé.”
Su voz siguió siendo tranquila.
“Quería saber por qué.”
No insistió, sabía que presionar demasiado rara vez funcionaba con niños. Especialmente con niños que habían pasado por cosas difíciles.
Pero cuando estaba a punto de dejar el tema, escuchó tu voz.
“Porque hacen doler.”
Loid se quedó inmóvil. No fue la respuesta, fue la naturalidad con la que la dijiste. Como si estuvieras explicando algo obvio.
“¿Cómo sabes eso?”
Preguntó despacio y levantaste la cabeza. Por un segundo pareció que no entendías la pregunta.
“¿Saber qué?”
“Que hacen doler.”
Tu ceño se frunció confundido.
“Pues... Porque sí.”
Entonces Loid comprendió algo que hizo que se le revolviera el estómago. No te lo había dicho nadie, lo habías aprendido sola.
“¿Antes de venir aquí?”
Preguntó con cuidado, tus dedos se cerraron alrededor del lápiz muy despacio.
“Sí.”
“¿Te pegaban con ellos?”
La pregunta salió más suave de lo que pretendía. Porque una parte de él ya conocía la respuesta, no querías mirarlo. Y cuando finalmente hablaste, tu voz sonó pequeña.
“Solo cuando me portaba mal.”
Loid sintió un nudo horrible en el pecho. Porque los niños pequeños tienen una forma terrible de contar esas cosas, como si fueran normales, como si fueran merecidas, como si no entendieran que nunca debieron ocurrir.
“¿Y qué era portarte mal?”
Esperó cualquier cosa, romper algo, pelearte, desobedecer. Lo que fuera.
“Derramar cosas, no terminar la comida, hablar mucho.”
Cada respuesta era peor que la anterior y porque ninguna sonaba a algo por lo que un niño debería tener miedo.
“Ya veo.”
Fue lo único que consiguió decir. Durante unos segundos ninguno habló, luego volviste a mirar el dibujo.
“¿Estás molesto?”
Aquello sí hizo que levantara la cabeza de inmediato.
“¿Qué?”
“Porque hablé de eso.”
Loid tardó unos segundos en responder.
“No.”
Se levantó del sofá, se acercó a tu silla y se arrodilló para quedar a tu altura.
“No estoy molesto contigo.”
Tus manos seguían aferradas al lápiz. Y por primera vez desde que había comenzado la conversación, lo miraste directamente.
“¿Seguro?”
Loid sostuvo tu mirada.
“Completamente seguro.”
Porque la verdad era que sí estaba molesto, pero no contigo. Nunca contigo.