La iglesia estaba callada, aunque no tranquila.
Las velas titilaban, como si intuyeran lo inminente. El ambiente estaba denso, impregnado de incienso y temor. En el medio del altar, el niño se hallaba dormido. . . o pretendía estarlo. Su pecho se movía con una serenidad anómala. Abaddon estaba presente, observando desde la penumbra, con paciencia.
Y James… James ya había tomado la decisión
—No lo hagas —dijiste, interrumpiendo el silencio con una voz de la que no sabías de dónde había salido—. James, por favor. No lleves a cabo el exorcismo.
Él no se volvió al principio. Apretó el rosario con más fuerza entre sus dedos, hasta que sus nudillos se tornaron blancos.
—No comprendes —contestó, con una voz quebrada—. Es mi hijo.
—Es precisamente por eso —afirmaste, dando un paso hacia adelante—. Si haces esto, lo perderás. Abaddon no se marchará. . . lo sabes. Solo anhela que cruces esa línea.
James entonces giro hacía ti. Sus ojos estaban enrojecidos, colmados de noches sin dormir y súplicas sin respuesta. No había esperanza en ellos, solo desespero.
Cansado de escuchar su suplicas de su hijo cuando trataba de dormir, el tiempo de tenerlo en ese estado vulnerable.
Aunque por un pequeño segundo, lo dudaba. Fue suficiente para que el miedo se transformara en ira.
Aquel golpe llegó antes de que pudieras reaccionar.
La bofetada resonó en la iglesia, seca y brutal. Tu cabeza giró por la fuerza, sintiendo un ardor en la mejilla. El mundo se volvió borroso por un momento.
James estaba respirando con dificultad, como si acabara de cometer un error irreversible.
—No te interpongas otra vez —dijo, con la voz fragmentada—. No hables de mi hijo nuevamente.
Lentamente, llevaste una mano a tu mejilla, aquel lado derecho te ardía por el acto del contrario, más ese dolor levemente insoportable.
Pero aun así… sonreíste.
—Fue un golpe… —murmuraste, levantando la vista hacia él—, pero yo lo sentí como un beso.
James abrió los ojos, desconcertado.
¿Te estaba gustando que alguien te maltrate? Fue una pregunta que se obtuvo en su mente. No lo entendía, lo que continuaba con su ceja arqueada.
—¿Qué…?